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Recuerdo al abuelo Amós.

24 diciembre 2017

Otoño-Invierno 17

     Murcia, en mi camarín, las doce. “Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad”. Esta noche viene una amiga de Lina a cenar con nosotros. “La he invitado porque está sola”, ha dicho mi hija. “Muy bien que has hecho”, le hemos respondido. Y mañana comeremos con Pascual, Toñi, Gabriel, Isabel, Pablo, Jaime y Francisco en su casa, que nos han pedido que vayamos a comer con ellos.

     Para no perder la costumbre, diremos que está nublado, pero no hace frío; y que el aire duerme en Murcia. Día, pues, para salir a felicitar a la gente: “¡Felices fiestas!, ¡Feliz Navidad!”. Aquí en la casa arde el teléfono de llamadas que se cruzan: unas vienen y otras van. Los villancicos suenan en el equipo, sin faltar los clásicos de don Julián Santos y Raphael.
   
  Hemos ido a Misa de once a San Antolín. Ha celebrado el párroco, don Rafael, con Carmelo, su ayudante incombustible. Carmelo está de sacristán en la parroquia tantos años como vivimos nosotros en Murcia. A Fátima, en el 92 del siglo pasado, ya vino con el grupo de peregrinos.
   
  El abuelo Amós en Jumilla estuvo en el Salvador de Sacristán, ¿lo sabías? Como su familia vivía en el campo, en la Fuente de las Perdices, y él quería otra cosa, madrugaba para venir al pueblo. Algo así como esos africanos que montan en pateras para llegar a “la civilización” aunque perezcan en el viaje.
    
 El abuelo se acogió a la Iglesia y ayudaba a decir Misa, a echar incienso en procesiones y a lo que hiciera falta. Hasta aprendió latín. De allí, con no poca ayuda celestial, entró en el Banco Hispano Americano. Luego, en los tiempos de la Guerra Civil, por ir con amigos a la Casa del Pueblo de los republicanos, lo encerraron en la cárcel.
     
Con suerte, yo diría que milagrosamente, salió de la cárcel vivo y se colocó en la Empresa cofinera de Ginés Lifante Perea. Tras unos años llevando las Cuentas de la boyante Empresa, pasó a ser Empresa propia. Era alcanzar un sueño codearse con los ricos de Jumilla. Sus hermanos lo veían como otro superman. Hasta le tocó la Lotería por entonces. El plástico en los cofines, les hizo despertar del sueño a los pocos capacheros que vivían tan bien.
     
Luego, inquieto, cambió el negocio del esparto y los cofines para prensas de bodegas y almazaras, por el vino. Todo lo tocó y en todo triunfó. Pero como si alguien le pusiera zancadillas, no gozaba mucho tiempo de sus triunfos. Si repaso su vida veo que quiso mucho para sus hijos, que hizo más, pero por poco tiempo gozó de sus merecidas glorias.

     Por cierto, padre, ¿cómo voy a olvidar que esta noche a las doce nos dejaste? Un ictus desgraciado acabó contigo en 1984, a las doce en punto de la noche, cuando nació Jesús en Belén de una Virgen desposada con un santo varón. Hace, por tanto, treinta y tres años que nos dejaste. Un abrazo donde estés.

                                             Francisco Tomás Ortuño


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