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Godofredo.

26 enero 2018 : San Timoteo
     Obispo, discípulo del apóstol Pablo y fiel colaborador suyo. Su maestro le dirigió cartas llenas de sabiduría en su ministerio pastoral y de consejos para la formación de pastores y fieles.
Invierno´18 :
     Murcia, las doce, junto a la ventana. Día desapacible en la calle, según noticias que pronosticaron ayer los hombres y las  mujeres del tiempo y que confirman hoy los que vuelven de la calle. Yo no he salido. Veo, eso sí, a través de los cristales, ropa que baila, y oigo ruidos de puertas en la casa sin nadie las abra ni las cierre. ¿De qué hablamos hoy, Benito?
     -Destapa la olla a ver lo que encuentras.
     -Ya lo tengo: Cuando vivía Godofredo, allá por el año mil quinientos de nuestra Era cristiana, reinaba en España don Carlos, hijo de doña Juana y nieto de los Reyes Católicos. España era entonces la nación más poderosa del mundo.
     -¿Y qué tiene que ver Godofredo con el hijo de doña Juana?
     -Godofredo, como muchos de su tiempo, agradecía a Dios, porque era creyente, haber nacido en su tiempo, cuando “todo estaba descubierto”, según pensaba él.
Había estudiado que antes fue la Edad Media, oscura y de poco brillo, de conquistas y de luchas con los moros, época larga de guerras sin fin en campos de batalla, donde morían a espada, sobre caballos, moros y cristianos, cubiertos sus cuerpos con pesadas armaduras.
Había estudiado siglos anteriores, de escasa cultura, comparados con el suyo. “¿Cómo podían vivir sin los adelantos de hoy”?, pensaba. Y orgulloso de cuanto tenía, compadecía a los que vivieron antes que él.
Godofredo, queriendo agradecer cuanto tenía a la ciencia, se ofreció voluntario al experimento que una eminencia de la Medicina propuso de “quedar congelado” por un tiempo. “¿Por qué no?”, pensó, “¿y si doy un paso al devenir del conocimiento humano?”.
Lo pensó bien y sin decirlo a nadie, visitó a don Raimundo en su casa y le dijo que estaba decidido, que aceptaba el experimento en su persona por el bien de la humanidad.
A don Raimundo le llevó meses de preparar en su laboratorio los ingredientes que requería. Hasta altas horas de la noche, preparaba productos que iba a necesitar. Nada dejaba a la improvisación.
Y llegó la fecha. Godofredo se ofreció sin resistencia al sabio doctor. Se acostó en una caja a modo de ataúd y se dispuso a dormir por una larga temporada. Cuando el médico le inyectó un preparado en la vena, Godofredo, sin dolor, quedó dormido.
Entonces don Raimundo, satisfecho, sonrió. “Lo he conseguido”, pensó. “Hasta que vuelvas en ti, querido Godofredo; quién pudiera luego resucitar contigo; tú serás el Notario de mi experimento, que, dicho sea de paso, redundará en beneficio de la humanidad. Y sin más dilación cerró el féretro y se fue a dormir.

Continuará

ADIVINANZA
Me gusta subir montañas –y respirar aire puro; -tengo barba y no soy hombre, -¡por  mis cuernos, te lo juro!
La solución mañana. Ayer: Seta

                                             Francisco Tomás Ortuño

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