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Cuento.

20 enero 2018 : San Sebastián

     Sebastián fue un mártir romano de comienzos del siglo IV, bajo el emperador Diocleciano.
Invierno´18 : Cuento –Continuación-

     -Murcia, la una y diez, en mi estudio.

     -¿Seguimos con el Cuento de “Obsesiones”?

     -No me parece mal, que lo que se empieza hay que acabarlo.
   
  -¿Si es bueno como si es malo?
   
  -La regla es acabar lo que se empieza: si es bueno por saber cómo termina, y si es malo por cambiar de tema o asunto.
   
  -No hay mal que no enseñe algo bueno.
  
   -Para saber si es bueno o malo, tienes que conocerlo hasta el final y luego juzgarlo. Que muchas veces te precipitas, lo dejas a medio y en lo que queda por saber está la moraleja.
   
  -Bueno, vamos al grano, digo al Cuento que dejé sin terminar:
Continuación:

-Y total son cuatro días, Onofre. Pues, como entonces, sigo preocupado. Lo veo venir: el siguiente paso me inquieta.

     -¿Cuál crees tú que va a ser el siguiente paso en las relaciones personales, Emilio?

-Ay, Onofre, si llegara, la vida se destruía.

-No me asustes, Emilio, ¿qué quieres decir?

-Si miras hacia atrás y sigues la trayectoria de las comunicaciones hasta la que tenemos de mente a mente, ¿no es fácil ver que pronto nos leeremos el pensamiento?

-¿Aún más que hablar sin abrir la boca?

-Aún más, Onofre. ¿Te imaginas que sepamos cada uno lo que piensa el vecino? No hablar como ahora, sino saber qué está pensando, cuáles son sus intenciones. Creo que puede llegar ese momento y estoy preocupado, como antes estaba con los móviles.

-¿Y qué puede tener de malo que sepamos lo que piensan los demás?

-No lo sabes bien, Onofre: Se habrá perdido la intimidad, ya no seremos personas, seremos una especie de máquinas abocadas a la destrucción.

-Estás pesimista hoy, Emilio. Yo no encuentro tanto mal en que sepamos lo que piensa tu vecino.

-La persona, desde que existe, tiene su cuota de intimidad. Si la pierde, será otra cosa, pero no persona como hasta ahora. y eso me quita el sueño.

-¿Y tú crees…

-Lo veo venir, Onofre, lo veo venir como algo inevitable.

                        F I N

Y aquí termina el Cuento de un tal Onofre, que fue preocupado al médico y este padecía la misma enfermedad: estaban uno y otro obsesionados con los inventos que iban surgiendo nuevos en la sociedad.
                              

          Francisco Tomás Ortuño

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