22 enero 2018 : San Vicente
Vicente, diácono en la iglesia de Zaragoza, murió víctima de la persecución de Diocleciano, en el año 304, en Valencia.
San Agustín celebra su testimonio en varios de sus sermones. Su culto se difundió pronto por toda la Iglesia.
Invierno´18 : Fútbol -A mis hijos y nietos-
Murcia, lunes, las doce y media, en la mesa circular. Día espléndido: la ropa tendida no se mueve, el cielo es azul en lo que alcanza mi vista, y el termómetro marca dieciséis grados. Como ayer en la Condomina.
-¿Por qué en la Condomina, Manuel?
-Te explico, Fulgencio: Ayer jugaban en el campo de la Condomina, la UCAM o Universidad Católica de Murcia, con el Jumilla Club de Fútbol, en partido de Liga. Mi hijo Páscual, aficionado ultra del balompié y exjugador, no podía perderse tal evento futbolístico. Y fue con su hijo Fran –forofo de la UCAM y promesa del equipo grana-, a aplaudir a sus colores. Y fue al campo no solo con su hijo Fran sino con su hermano Miguel, con Alba, Miguel Ángel y el Cronista de semejante acontecimiento futbolero. Era una fiesta para la familia Tomás Pastor, aficionada al balón por herencia paterna.
Sentados en las gradas, con buena entrada tanto en sombra como en sol, yo no sabía qué hacer: si ir con la UCAM, el equipo de mis nietos y de mis hijos, o aplaudir a los jugadores que vestían la camisola blanquiazul que vestí de joven con el equipo de mi pueblo.
¡Pobre Jumilla! ¡Todo el campo en contra suya! No pude remediarlo y me decanté por mis sentimientos profundos, que me hervían en la sangre. Me exponía a que me tiraran una botella a la cabeza, que la afición se toma muy en serio estas cosas. Pero no podía evitar gritos de alegría cada vez que el equipo del Jumilla se acercaba a la portería contraria.
¿Y cuando marcaron el gol del triunfo los jumillanos? Se hizo un silencio sepulcral en el campo. Fran y Miguel Ángel, como el resto de espectadores, lanzaron un ¡¡ooooh!!… largo, de desolación y miedo, que se cortaba. Ahí sí que me la jugaba. Creo que fui el único en la Condomina que gritó: ¡¡Bravo!!, ¡Jumilla! ¡Jumilla! Salté en el asiento de alegría.
El contraste era evidente, supremo. Sabía que era expuesto, pero no pude evitarlo. Era mi euforia irreprimible. Veía a Cándido, a Vicente, a Guirao… y demás jugadores del Jumilla cuando yo era pequeño y entraba a verlos al campo de las Tejeras.
¿Y cuando el árbitro pitó un penalti al Jumilla? ¡Qué momento de suspense! “¡Hombre, don Árbitro, eso no se hace!”, pensé en mi fuero interno, lleno de rabia contenida. ¿Era miedo a un público que le pedía un gol a toda costa?, ¿fuera o no fuera?
¡¡Penalti!! El campo gritó de alegría. Pero ahí salió de nuevo la furia de mi portero Cándido y lo detuvo. No me lo creía. Y el campo se hundió en la desesperación más grande que pueda pensarse. Muchos se levantaron de sus asientos para salir dando por terminado el partido. Mis nietos no se lo creían.
El resultado final fue de un gol a cero a favor de mi equipo. Salí orgulloso del campo de la Condomina, pero me cuidé mucho de manifestarlo con gritos de euforia que retenía en mi garganta. Tal vez Fran y Miguel Ángel luego lo comprendan, si viven las sensaciones que yo viví ayer.
Francisco Tomás Ortuño
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