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Ronquidos.

12 octubre 2017
Otoño´17 : Ronquidos

      Juan cuando ronca no se entera. Y eso que los ronquidos son escandalosos, atronadores, según le dicen luego. La traca que arma, por lo visto, es de armas tomar. Suelta chasquidos, silbidos, truenos y pandemonios. Su mujer, sufridora más cercana,  se asusta cuando ve que en el fragor de la contienda se detiene y deja de respirar: teme lo peor, y se siente aliviada cuando explota de nuevo y sigue con la traca interrumpida unos segundos antes.
     La tormenta traspasa tabiques, edificios y hasta manzanas de casas. Una vez le cogieron los ronquidos con un aparato. Él a otro día no se lo podía creer. “Esta noche no has roncado, Juan”, lo consolaba su mujer.  “Esta ha sido de campeonato”, se quejaba otra. “De cero a diez, veinte”, bromeaba otras.
     -¿Y yo qué puedo hacer? –se defendía Juan. Dejó de fumar, dejó de beber bebidas alcohólicas, pero seguía con su fiesta nocturna.
     -Cuando ronques, ponte de lado -le pedía su mujer.
     -¿Cómo voy a cambiar de postura, si yo no sé cuándo ronco? –decía él.
     Juan consultó a su médico, y este le dijo que el ronquido se debía a una obstrucción al paso del aire a través de la parte posterior de la boca y la nariz. Y que casi todos los que roncan sufren de apnea del sueño.
     Como quiso saber qué era la apnea del sueño, le explicó que  las apneas son un colapso total o casi total en el interior de la laringe y suponen un cese transitorio de la respiración. No deben confundirse con la parada cardiorespiratoria, ya que durante las apneas el corazón continúa latiendo.    
     Una de las consecuencias de las apneas –le dijo- es la fragmentación del sueño: cada vez que se produce una apnea, esta finaliza con un alertamiento de escasos segundos de duración. La sucesión de estos microalertamientos hace que la persona que los padece despierte con la sensación de no haber descansado, aun cuando no recuerde haberse despertado  por la noche.
     Y que cuando la apnea es severa se produce un aumento del riesgo de enfermedades como la hipertensión arterial, la cardiopatía isquémica y accidentes cardio vasculares. Que el riesgo de padecer este cuadro aumenta con la edad. Que los factores predisponentes son los mismos del ronquido: casi todos los que padecen de apnea del sueño tienen sobrepeso más o menos importante.
     Le habló de  otras enfermedades de efectos similares, en las que el que menos culpa tiene es el que la padece como los nervios. “Hay personas –siguió- que pierden momentáneamente la cabeza, gritan por nada y discuten sin venir a cuento. Sobre todo con los seres más queridos como son la mujer o los hijos.
     -¿Serán así los que maltratan a los suyos? –preguntó Juan.
     -Son así. Unos lo denuncian y otros se lo callan. Pero los maltratadores no se merecen nada. Estoy por decir, que no se enteran tampoco. Son como los que roncan. Hay que estudiar mejor estas patologías y no condenar al que es inocente.
     Y el médico siguió convencido:
     -Es que le puso la cara como un basilisco; la prueba no puede ser más clara.
     -Pues no hice semejante atrocidad.
     -¿Se atreve a negar lo que es evidente?
     -Rotundamente. Yo, Señoría, no era yo; yo era otro que obraba por mí, como el que ronca y no se entera, ¿me entiende?, ¿es culpable de roncar el que ronca? Las personas usamos más disfraces que Mortadelo, y es difícil saber quién obra ni por qué. En el noventa y nueve por cien de los casos no se actúa como otros cuentan. ¿Qué me dice de los celos? ¿Es acaso culpable el que es celoso en un ataque de celos? O el soberbio o el envidioso. Hay que ser prudentes a la hora de enjuiciar; nadie más que el enfermo quisiera estar libre de semejante lacra; nadie como él quisiera obrar rectamente y no bajo sus pérfidos efectos.
     -¿Entonces…?
     -Que ni el que ronca es culpable de sus ruidos ni el celoso de sus celos.
     -¿Y…?
     -Que los familiares deben tratarlo como a enfermo antes que como a ser fastidioso y despreciable, y usted me entiende.
     -Sí, pero…
     -El matrimonio es para lo bueno y para lo malo hasta la muerte. Y al que ronca como al envidioso hay que tratarlo como a enfermo y no como a un delincuente.
     -Es que la Ley…
     -Deje la Ley para los sanos y guárdela con siete llaves para los perturbados, orates o desequilibrados.
     -Estoy de acuerdo con usted, pero tengo que juzgarle de acuerdo con las leyes en vigor.
     -Que conste en Acta mi queja, que alguna vez se estudiará con otros criterios más humanos.
                                           Francisco Tomás Ortuño

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