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De Grafologías.

11 octubre 2017 : Ntra. Sra. de Begoña
Octubre´17 : De Grafologías


     Murcia, las diez y veinte en los relojes, tiempo veraniego, puente fenomenal a la vista.
     -¿De qué vas a hablarnos hoy, Prisciano?
     -Pensaba en la letra de las personas y de eso os hablaré, Valerio. ¿Te agrada el tema?
     -Bueno, puede ser interesante. Soy todo oídos.
     -Mi amigo Anselmo era un apasionado de la Grafología. Estudió Medicina, pero sentía pasión por descifrar “los manuscritos”. Me confesó una vez que sus conocimientos sobre la “letra” o “grafía” de las personas, le habían servido en ocasiones para tratar a sus enfermos y hasta para acelerar el proceso de su curación.
     En un cuestionario de preguntas sobre antecentes familiares y personales, introducía un apartado, sin despertar sospechas, que decía: “Dígamelo por escrito en esta hoja, y fírmelo”. La letra del paciente era un complemento eficaz a la hora de saber cómo tratar su mal o dolencia.
     -¿Desde cuándo te interesa esta ciencia de conocer a las personas por su escritura? –le pregunté intrigado.
     -Tenía que ser yo muy niño –me contestó- cuando escuché que “por la letra se sabía cómo era una persona”. Aquellas palabras me impresionaron, y desde entonces me fijaba en la escritura de amigos para relacionarla con su manera de ser. Deduje que era natural que fuera así: él y su escritura eran la misma cosa.
     -¿Y cómo son las escrituras? –quise saber.
     -No hay dos iguales, como no hay dos rostros iguales, dos huellas digitales iguales, o dos individuos que piensen igual. Cada persona es ella y no hay otra idéntica: el molde se rompe cuando nace. Si somos millones de seres humanos en el planeta, no hay dos idénticos. Pues lo mismo ocurre con la escritura.
     -¿Y dónde está la diferencia? -me atreví a preguntar.
     -Hay escrituras que son grandes, escrituras pequeñas, ascendentes y descendentes, unidas y separadas, amplias y apretadas…, puntos altos en las íes, puntos bajos, tamaño, bucles y otros elementos que definen el carácter de una persona o su estado de ánimo.
     -¿También su estado de ánimo? –exclamé.
     -Así es; un grafólogo sabe cómo se encuentra el que escribe, si optimista o pesimista, si triste o alegre, satisfecho o afligido…
     -¡Qué interesante! –le respondí.
     -Luego añadió: Se cuenta que un grafólogo conoció por casualidad  la escritura de un alto personaje que vino a su pueblo, y advirtió en ella rasgos inconfundibles de perversidad manifiesta. Se dio por su cuenta a estudiar los antecedentes de esa persona y descubrió que tenía en su vida anterior hechos inconfesables de inmoralidad y depravación que había ocultado.
     -¿Es posible? ¡Cómo me gustaría saber interpretar la escritura de las personas! –exclamé exaltado. Y le dije que me hablara de su historia.
     -Ya en el siglo XVII, Camilo Baldi escribió un libro titulado: “El arte de conocer por el examen de una carta misiva las costumbres del escritor”.
     -¡Vaya un título más largo!
     -Pero el verdadero creador de la Grafología, y que le puso nombre, fue el francés Jean Hippolyte Michon, del siglo XIX, con un libro titulado: “Sistema de Grafología”. Desde entonces, ha habido estudiosos en todas las naciones hasta hoy. Y siguió solemne:
     -Pero está por desarrollar lo que yo llamo: “La curación por el cambio de letra”. Pretendo que modifiquemos el carácter cambiando nuestra forma de escribir.
     -No lo veo claro –le confesé sincero.
     -Si uno es nervioso, y como tal escribe de una forma, si cambia su letra, con esfuerzo y constancia, estará cambiando igualmente su carácter. Es lo inverso de lo tradicional.
     -¿Has hecho la prueba con algún paciente? –quise saber.
     -Pocos quieren someterse al ensayo. Una cosa es decir: “Escribe así, es de tal forma”, que “Cambia estos rasgos para ser de otra”.
     -Pues debían aceptarlo como una medicina para curarse. Si son pesimistas, tímidos o hipocondriacos, podían pensar que con su consejo podían llegar a ser joviales y optimistas.
     -Todo llegará, Valerio.
                                           Francisco Tomás Ortuño

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