Otoño´17 : De milagros A mi mujer
Murcia, en mi estudio, las diez. Mi mujer suele volver a esta hora. En cualquier momento oiré la puerta. Su operación de cataratas fue un visto y no visto -aquí al revés- y tú me entiendes.
Oigo la puerta. Somos animales de costumbres fijas. Siempre hacemos lo mismo. Fue volver de la Arrixaca y seguir haciendo lo que hacía antes: Misa, plaza, tele… Miguel ayer nos enseñaba en la pantalla de su móvil los pasos de la intervención ocular. Visto así parece otra cosa: bisturí, cortes, ajustes… Da miedo ver lo que hace el cirujano para implantar un cristalino nuevo.
-A este paso -pensaba yo- los ciegos recobrarán la vista. ¿No hay todavía implantes de ojos? Un accidente en la carretera y ojos para donar. ¿No se dan riñones y otros órganos? ¿Por qué no se dan los ojos? -¿Los quiere azules, verdes, grises, marrones o negros?-. La retina se conecta con el cerebro y a ver se ha dicho. Quiero decir, que si la luz pasara por esos laberintos que llevan al cerebro, el ciego dejaría de ser invidente.
-¿Serían así las curaciones de Jesucristo cuando hacía milagros? Es broma. ¿Cómo iba a saber Jesús, hace dos mil años, de trasplantes oculares? Cada cosa en su tiempo. Jesús hacía milagros y en el siglo XXI se hacen trasplantes. Un cojo que andara y un ciego que viera era entonces suficiente para creer que Jesús era Dios. Hoy, en cambio, con curaciones de cataratas o trasplantes de órganos, se lo cuestionan.
-¿Qué mayor milagro, digo yo- que ver salir el sol todos los días? ¿Qué mayor milagro que el Universo? ¿No está Dios detrás de lo que mires cuidando de su existencia? Tan milagro es decir a un cojo que ande o a un ciego que vea como hacer que cada mañana salga el sol por el este y se ponga por el poniente.
-Ya te has salido por los cerros de Úbeda, Saturnino.
-Es que todo se pega en este mundo, Venancio. Mi mujer, a lo que digas te contesta: “¿Has leído el Evangelio de hoy? Dice que…”. Y te cuenta el Evangelio.
-A ver si con la operación de cataratas le han hecho un trasplante de cerebro, Saturnino.
-No; que su cerebro es el mismo desde que nació; ¿lo sabré yo que hemos celebrado juntos las Bodas de Oro? Y que lo conserve mientras viva.
Francisco Tomás Ortuño
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