14 octubre 2017
Otoño´17
Santana, en el comedor, la una. Hemos dormido en nuestro paraíso santanero, que es otro paraíso terrenal como el que tuvieran Adán y Eva. Uno sin esfuerzo, se lo encontraron hecho; este con mucho trabajo para formarlo. Que se lo pregunten a mi mujer. Estos paraísos me dan que pensar:
Señor, no te comprendo. A veces nos tratas con mucha dureza. Hasta creo que con agresividad: Terremotos, inundaciones, guerras, hambre, accidentes… Tan bien que se podía vivir. ¿Tú que sacas con tanta desventura? Es que todos los días tenemos algo malo. La Tierra es como un campo minado y al menor descuido ¡zas!
¿Cómo puedes permitirlo? Si eres nuestro padre, ¿cómo se explica que permitas la muerte de los niños? ¿Por qué la enfermedad incurable y dolorosa de los enfermos? ¿Por qué, por qué? ¿Cómo dejas que tus hijos pasen hambre, sufran de infarto, se maten en las guerras o se asfixien bajo los escombros de edificios hundidos?
A veces creo que Tú no estás ahí, y sales mejor parado; que Tú no sabes lo que ocurre. A veces creo que Tú eres como esos países que dejaron sus colonias para que ellas solas andaran y vieron después con angustia que no sabían estar solas y perecían. Hasta llego a pensar que nos dejaste y que un demonio malo, perverso donde los haya, gobierna el mundo que hiciste. No encuentro explicación a tantas desgracias que ocurren todos los días y sálvese quien pueda.
¿Te acuerdas del puente de Portugal que se hundió cuando tantos coches circulaban por encima del río? Cayeron, y los pobres viajeros se vieron apresados en sus agitadas y gélidas aguas. Como una trampa en medio de la gran ciudad. ¿Quién pudo ser el autor del siniestro? ¿Quién sino alguien que no tuviera nombre su perversión?
Y te hablo del puente de Portugal como podía referirme a las muertes en Palestina, en la India o en Pakistán. O en España. ¿Cómo viven hoy los murcianos con estas seguías? ¿Cómo viven los catalanes que quieren seguir siendo españoles?
Perdona que te hable así, Señor, pero es que no te comprendo. Sé que nos hiciste limitados intelectualmente y que ciertas cosas no las comprendemos. Tal vez luego nos las desveles y te demos las gracias por tantos sufrimientos. Perdona, Padre.
Francisco Tomás Ortuño
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