12 septbre 2017 : Ntra. Sra. de la Fuensanta, Martes.
Verano 17 : Va de Cuento
Sentí voces cerca: “¡Venid, corred, alguien se ha ahogado!”. Vi que los bañistas corrían al lugar del suceso. Y comprobé, con estupor, que se trataba de mí. Sí, era yo, inmóvil, que flotaba en el agua. Estaba hinchado, rígido el cuerpo, lívido el rostro.
Entre varios me sacaron de la piscina. “¡Un médico, un médico!”, gritó alguien. Me quisieron reanimar, pero todo fue inútil. Como ellos, aunque de otra forma, yo observaba los intentos que llevaban a cabo por volverme a la vida. El médico, por fin, comunicó, rotundo, que estaba muerto.
Presencié de cerca, tranquilo, en otra dimensión, el traslado de mi cuerpo a mi casa, al tanatorio, a la iglesia y, por fin, al cementerio. Lo vi como podía haberlo visto en vida, pero sin que me vieran a mí. Era un convidado a mi propio entierro, en quien nadie reparaba.
Me fui haciendo a la nueva situación. En el aire había infinidad de espíritus, legiones, que deambulaban por el espacio. A uno que me quedaba cerca, le pregunté quién era. Comprobé que sin voz podíamos comunicarnos: “¿Tú quién eres?”, quise saber. “Un espíritu como tú, que espera el Juicio para volver al cuerpo que tuvimos”, me dijo.
Nos hicimos amigos. Me contó que fue feliz en la otra vida, pero que un día, en un accidente desgraciado, salió de su cuerpo. “Lo mío fue también un accidente” -le expliqué-; “algo falló en la máquina y, de pronto, me encontré fuera, sin poder volver. “La muerte llega así, sin avisar”, siguió.
“No se está mal aquí, ¿verdad?”, seguí. “¿Qué va?, con la tensión y las guerras que hay en el mundo, mejor esta tranquilidad; yo, ¿qué quieres que te diga?, no volvería de nuevo”, terminó. Volví al cementerio donde quedaron mis restos mortales. Solo había polvo y telarañas.
Estuve en la Oficina donde trabajara. Nadie me nombraba para bien ni para mal. Cada cual pensaba en él, pero poco en los otros, y menos en los muertos. Y me llegué a mi casa. Recorrí habitaciones. No vi restos de cosas que fueron mías. “¿Había existido?”; llegué a dudarlo.
Mi cama ya no estaba, ni mi mesa, ni mis objetos personales. Iba a salir cuando vi que entraba mi madre. Le hubiera hablado. La hubiera abrazado. De pronto se quedó mirándome, de frente, a la cara, y dijo: “¡Hijo mío!”. Me estremecí y sentí su abrazo en mis carnes de humo.
Continuará Francisco Tomás Ortuño
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