1 septiembre 2017 : Viernes
Verano 17 : Lady Dy
Murcia, las diez y media, en la habitación del piano; o sea, en la que da a la calle de mi amigo Salvador. Esta tarde volvemos a Santana. Ha llamado Blas –el que poda los pinos- para decir que mañana va a rematar la faena que dejó sin terminar.
Como iremos con Lina, volveremos “sí o sí” el domingo. Ella tiene que estar en la Universidad el lunes con sus alumnos. El “sí o sí” se ha colado en la Lengua como otras expresiones que entraron en su momento. Son locuciones afortunadas.
Alguien las dice y otros las copian luego. Nadie sabe quién las inventó. Tal vez alguno se diga cuando las oiga: “¡Vaya, si esa frase la inventé yo!”, pero se calla por si lo tachan de petulante, de insolente o atrevido. Y se mantiene el anonimato.
“Sí o sí” quiere decir que es sí por donde lo mires; que no puede ser no. “Iré sí o sí significa que iré pase lo que pase. Entra ya en cualquier conversación. Los Académicos se habrán fijado que el pueblo la repite y que pronto tendrán que tomarla en serio.
-¿Qué hacemos con “sí o sí” –dirá uno.
-Esperemos un poco, a ver si se fuera como vino –dirá otro.
-Votemos –sugerirá un tercero. Pues hay más partidarios de admitir la frase que de rechazarla. Tendremos que aceptar el “Sí o sí” de la polémica.
Mamá, que está a mi lado, me cuenta la historia de Diana de Gales, ya que, por el vigésimo aniversario de su muerte, pusieron un reportaje en la tele de su vida y milagros. A mamá le gustan las historias de reyes, reinas y príncipes. Se quedó a conocer habladurías sobre su vida, sobre la reina de Inglaterra y sobre su hijo Carlos.
Según me cuenta, la noche de la boda la pasó llorando sola porque su marido estaba con Camila. Yo, callado, recordaba “El curioso impertinente”, de Cervantes. ¡Qué faena! Y es que la costumbre de unir a las parejas los padres por conveniencias para el país, no debe prosperar.
“Es joven, es guapa, es de la realeza; te casas con ella y dejas a Camila, que no es de la realeza, no es joven ni es guapa”. Claro, no podía triunfar aunque el Cura dijera la Misa en latín y preguntara a los contrayentes: “¿Quieres por esposa a Diana? ¿Quieres por esposo a Carlos?”.
Los dos hijos del matrimonio contaron recuerdos que tenían –todos buenos- de su madre cuando eran niños o antes de morir en accidente de coche con un amigo o amante cuando iban a París. Yo me quedé con que “lo que mal empieza, mal acaba”. Una boda sin amor no puede acabar bien, por mucho que se empeñe la Reina de la Gran Bretaña.
¿Quién tuvo la culpa del desafortunado matrimonio? ¿Carlos? ¿Diana? ¿Camila? Yo creo que la suegra, que no dijo en su momento a su hijo: “Tu vida es tuya, hijo, lo más sagrado que tienes: haz con ella lo que quieras y te deseo suerte”.
Francisco Tomás Ortuño
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