20 septbre 2017
Verano 17 : El alma
Yo, a la vuelta, he ido al Mercado de Verónicas, que está como quien dice enfrente de mi casa. No justo enfrente, pero casi. ¡Cómo me gusta entrar a este Mercado! He comprado higos, uvas, peras, caquis, aceitunas… Justo lo que me iba pidiendo el cuerpo.
El cuerpo, no sé cómo ni desde dónde, tiene sus apetitos y sus rechazos. Si paso por la carne, mira para otro lado; si por el puesto del pescado, lo mismo; pero si ve dulces, se detiene. Y lo mismo con los higos, las uvas, los caquis y otras frutas tropicales. La vista es el medio que tiene para ver y decidirse. Ya dicen que los ojos son las ventanas del alma. Luego el alma es la caprichosa: la que rechaza unas cosas y apetece otras.
¿Y qué es el alma? Lo que no es el cuerpo de mi persona. Algo que va dentro de mí, pero que no se ve. ¿Quién sabe dónde está el alma? En cambio sé que va conmigo, que tiene gustos y rechazos, que piensa y toma decisiones. Lo dije en otra ocasión: si me falta un brazo sigo pensando igual; luego mi alma no está en mis brazos. Lo mismo diría de mis pies, de mis riñones o mis orejas.
Pero, ah, si te faltara el cerebro, ¿cómo ibas a pensar? ¿Quiero decir que el alma es el cerebro? No y sí. Sin cabeza no sería el mismo. Sin juicio desaparezco como persona. Quedaría mi cuerpo pero no mi alma. Ergo, mi alma es mi cerebro. No sé si algún filósofo o teólogo rebatiría mi argumento.
Yo constato solo que deseo unas cosas y que rechazo otras. Tal vez sea mi cuerpo que las necesita y las pide para seguir viviendo. El páncreas regula el azúcar en sangre de los diabéticos: “¡te falta!” o “¡te sobra!”. Y el cuerpo necesita adquirirla o desprenderse de ella como sea. Lo mismo para el hierro, para el potasio, el litio o el manganeso. Complejo es su mecanismo. Pero, ¿y el alma?, ¿cómo piensa, quiere, desea o ama y desde dónde?
Francisco Tomás Ortuño
Comentarios
Publicar un comentario