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A mi amigo Wladimiro.

21 septbre 2017
Verano 17 : A mi amigo Wladimiro_
     Murcia, jueves, las doce menos cuarto. Ya fui a Inacua y saludé a Wladimiro, que ha vuelto de Bolivia sano y salvo.
     Bolivia sobrepasa el millón de kilómetros cuadrados -como dos Españas-, y habla español; no tiene mar y limita al norte con Perú y Brasil, y al sur con Chile, Argentina y Paraguay. Su religión es la católica,  y su capital es la Paz.
     Aproximadamente, la mitad de los bolivianos son indios americanos. El resto son mestizos –hijos de padres de razas diferentes: blanco casado con india o blanca casada con indio-, o criollos –descendientes de padres europeos nacidos en América-.
     Digo que mi amigo Wladimiro ha vuelto sano y salvo de Bolivia. Mi hijo ha vuelto también de México, y desde aquí ha visto los desastres que produjeron huracanes y terremotos.
     Y es que hay zonas de la Tierra más proclives a estos desastres. Los japoneses dicen que viven a lomos de una ballena por el constante movimiento de sus islas.
     Será difícil para los extranjeros acostumbrarse al movimiento del suelo y al balanceo de sus edificios. Y que todo quede en eso, que lo peor es si caen rascacielos como cayeron las torres de Nueva York a principios de siglo.
     -Ante tamaños desastres, yo pienso en Cataluña y en sus dirigentes, Celedonio. ¿Cómo no dejan ya de amenazas y sobresaltos soliviantando al país?
     -A mí los que me dan más pena son los guardias, Eugenio. Con lo bien que vivían antes. Se oía decir: “Eres más gandul que la chaqueta de un guardia”, porque su oficio era pasear.
     “¿Qué haces hoy, Sebastián?”, preguntaba la mujer cuando dejaba la casa. “¿Qué quieres que haga, Benita?”, respondía él, “esperar a que sea la una para volver”.
     Yo no he conocido un Cuerpo que haya cambiado tanto en menos tiempo. Ahora se despiden llorando: “Que tengas suerte, Florián, y que vuelvas; sobre todo que vuelvas, que en las guerras no se sabe”.
     -Reza al Cristo del Gran Poder por que sea así, Josefa.
     Y es que los pobres guardias, sin merecerse nada, sufren las iras de los contendientes.
                                   Francisco Tomás Ortuño

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