18 septbre. 2017 : Lunes, San Fortunato
Verano 17 : La ley
Murcia -¡te adelanté, año indómito!-, las nueve de la mañana, en mi estudio de Salvador Ortiz. Mi hija por un lado; un hijo por otro; otro por el sur de la región, y así. Una explosión familiar.
Antes, hace solo unos años, estos fenómenos no se daban. Éramos como aves de corral, menos aptos para el vuelo. Todos juntos siempre. “¿Vamos a Segovia?”. O íbamos todos o nos quedábamos en casa.
Pero ahora, cada cual vuela a su aire y por su cuenta. “Mañana duermo en Barcelona”. “Hola, familia, solo venimos a pasar la noche; somos siete, que vamos a Jerez de la Frontera”. “Echad más arroz, que vamos cuatro a comer con vosotros”. Un cambio fenomenal. Quién nos iba a decir, Venancio, que veríamos semejante diáspora.
-Es el cambio que ha sufrido la sociedad, Antolín: de la represión se ha pasado a la libertad.
-¿A hacer cada uno lo que quiera?
-De alguna manera, sí, Venancio. Son las virtudes de la Democracia.
-Pero la libertad debe usarse con cuidado. Es buena pero muy delicada: con poco te pasas o no llegas y puede ser peligrosa. ¿Qué pasa en Cataluña? Que quieren ser libres para hacer lo que les dé la gana. Y eso no lo permite la Constitución. Sería como una casa donde cada miembro obrara por su cuenta. “A las diez todos en casa”, ordena el padre. “Pues yo vendré cuando quiera”, responde uno. Pues no, hombre, no; tú obedeces como los demás.
Hay una LEY, que todos hemos aprobado, y es necesario acatar. Y una FUERZA para hacerla cumplir al que se salga de ella. Así de sencillo. Una Nación es como una familia: todos uno en lo bueno y en lo malo. Si alguien incumple la Ley, se abandona hasta que vuelva, como al hijo pródigo de la parábola.
Francisco Tomás Ortuño
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