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Pan del día.

8 septbre 2017 : viernes, Ntra. Sra. de los Llanos.

Verano 17 ; Recuerdos

     Murcia, las once menos cuarto, en mi estudio “Federico” -hoy aquí, mañana allí-. Mamá y Lina ya fueron a la Arrixaca y ya volvieron. Según me cuentan “tout va bien”. Ahora el ojo operado y su dueña descansan en la cama. El tiempo es el propio de un verano que se resiste a dejarnos, como algunas personas mayores que volverían a ser jóvenes.
     Sobre mi mesa octogonal, hay un libro de pastas azules. Lo abro al azar y leo: “Budapest, 4 de julio de 1993”. Intrigado, sigo leyendo; “Domingo ventoso. Por fas o por nefas, no empieza el verano. Luego nos desquitaremos. Pero aquí desde el jueves y sin ver la playa”. Veo que corresponde a un tiempo, ya lejano, en que fuimos a Valencia a ver a mi hijo, donde estudiaba su Carrera de Ingeniero.
     Sigo la lectura: “Es que no apetece: el frío, la lluvia, el viento, nos hacen desistir del baño. La radio, la prensa, la televisión, dicen lo mismo: “¿Es que el tiempo se ha vuelto loco? Porque en julio la gente viene para disfrutar del sol y no para encerrarse en las casas”.
     Se quejan los hoteles, se lamentan las heladerías, los bares y chiringuitos, todos los que esperan hacer su agosto con la avalancha de turistas. “¡Hombre, que nos hundes el negocio, ¿no ves que son cuatro días?, ¿no ves que nos arruinas? Pero el tiempo erre que erre. Hoy viento habemus, ¿qué habrá mañana?
     Observo que igual es hoy que hace veintiséis años. Y dice aún: “En Ibiza es aún peor: al tiempo se suman los infundios. Dice la radio que un Practicante ha difundido la noticia de que la isla –Perla del Mediterráneo- está infectada de sida. Tú me dirás. La noticia la ha recogido un periódico, luego otro, ha saltado fronteras, se ha publicado en el extranjero, y los posibles veraneantes se lo piensan. Los ibicencos gritan que es mentira, pero el agua que se arroja al suelo difícil es de recoger. ¿Cómo se le ocurre a ese Practicante lanzar semejante infundio? ¿No pensaba en su gravedad? Es que arruina a miles de negocios¸ es que seca el aluvión de inmigrantes; es que hunde la economía nacional; es que desnivela la balanza del Gobierno y tambalea el orden conseguido con el esfuerzo de muchos años. Por Dios, ese Practicante no paga con su encierro en prisión por los siglos de los siglos”.
     Como si fuera ayer. Con mis escritos recuerdo mejor tu estancia en aquella casa de estudiantes: “Las diez y media de la mañana. En la terraza escribo estas notas con viento poco agradable. Los jóvenes duermen como lirones. El “hotelito” está tranquilo, como vacío. Eso es el apartamento: un hotelito. Me ha salido la palabra justa. El piso alquilado parece un hotel en miniatura.
     A mí, que me gusta la intimidad, me desagrada compartir mi casa con nadie. El hombre necesita de un espacio para él, su espacio vital, su territorio –los animales también-. Si no lo tiene, enferma. Eso debe ocurrirle a los casados que viven con sus padres, que por muy padres que sean, les quitan su espacio vital, su territorio.
     En este piso, entras al comedor y hay gente; vas al servicio y está ocupado; llegas a la cocina y alguien prepara su puchero. No tienes nada propio para disponer cuando te plazca. Si es por la mañana llegan visitas de otros; si es por la tarde vienen chicas –oh, tempora, oh, mores-; si es más tarde, el televisor está encendido. Un infierno. Menos mal que queda un refugio: tu habitación para dormir. Allí puedes encerrarte y aunque con poco espacio, quedar aislado. Pero, ay, tampoco es este mi caso. En el dormitorio reservado para mí, ¡ay mil veces!, está el ordenador. Como este aparato tiene mil adeptos, a todas horas hay quien lo utiliza.
     Como si fuera ayer, conforme leo voy viviendo aquellos momentos de hace veintiséis años. Continúo: “Será cuestión de acostumbrarse? Ángel ha pasado cuatro años aquí: primero con Carlos y Setién; luego con el sastre, que solo oía la radio; después con Isán y Juan Francisco, que siguen hoy. Todo lo ha superado. A todo ha sobrevivido. ¿Será cuestión de acostumbrarse? ¿O será quizás que estos días finales de Curso adquieren una especial virulencia y me han tocado a mí? ¿O que al no estar Ángel, todo anda revuelto, manga por hombro? No sé, pero aquí no puedo estar mucho tiempo. Menos mal que he encontrado esta terraza espaciosa, luminosa, que me ha acogido con los brazos abiertos como yo a ella.
      Parece que vivo esos momentos, ¿cómo es posible que hayan pasado tantos años? luego añado: “Por fin saltó la llamada. Justo a las veinticuatro horas de partir. Ángel en el otro extremo, llama para decir que está en Budapest y que ya ha contactado con quienes lo esperaban. Enhorabuena, Ángel, por el feliz comienzo de tu aventura y que el Señor te guarde como hasta ahora”.
     Me detengo para comprobar que el Señor no te deja. Luego cuento un sucedido gracioso y real de aquellos días: “Serían las nueve de la mañana cuando salí a comprar pan. Como era domingo, las panaderías estaban cerradas, pero según me dijeron “había algunas de guardia que no cierran, como las farmacias”. Me tropiezo con un señor que paseaba sin prisa, y creo que sin rumbo, con un perrito atado a su cadena. “Por favor, le pregunto, ¿sabe dónde hay una panadería abierta?”. El señor del perrito se detiene y con ganas de complacer, me explica que cerca hay un horno pero que no abre los domingos, y que al final de la calle hay una panadería que vende pan del día anterior. Le doy las gracias y sigo sus indicaciones. Efectivamente, del día anterior tienen pan y compro una barra.
     Por la tarde, sobre las ocho, salgo de nuevo a comprar otra barra de pan para la cena. Voy donde mismo fuera por la mañana pero estaba cerrado el establecimiento. Por el camino de vuelta, mira por dónde, me encuentro de nuevo al señor del perrito. Sin fijarme mucho, le pregunto de nuevo: “Por favor, ¿sabe dónde venden pan?”. Se me quedó mirando de un modo extraño y dijo mientras tiraba con fuerza de la cadena del perro: “¿Aún buscando pan?”. Cuando caí en la cuenta me dio por reír y vi que el hombre del perro volvía la cabeza de vez en cuando y apretaba el paso como pensando que se las había con un loco de atar.

                          Francisco Tomás Ortuño  

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