17 septbre. 2017 : San Cornelio, Domingo
Verano 17 : Peregrinos. A mi hijo Ángel I. Tomás Pastor
Creo que desde que nacemos, Cornelio, estamos dejando parte de nosotros en el camino.
-Hombre, tanto como parte de nosotros, Cipriano…
-Sí, sí, somos como un objeto, como una mesa, por ejemplo: con los años se aniquila, se acaba. Algo que no vemos, se va quedando en el camino. Tú ves a una persona a los veinte o treinta años, y la encuentras cambiada. Él no lo ha advertido viéndose todos los días en el espejo, ni los familiares más cercanos, que lo ven a todas horas, pero el que lo ve al mucho tiempo, vaya si lo encuentra cambiado. Algo en él es distinto. O ha tomado aquí o ha dejado allá, pero no es el mismo.
¿Qué puede ir dejando con el tiempo para cambiar? Si lo viéramos con microscopio electrónico, tal vez que viéramos soltar átomos que a simple vista no vemos. Y en las personas lo mismo: células muertas que caen al suelo y no podemos recoger, pero que van transformando el semblante.
El otro día anunciaron en televisión a una figura conocida de hace muchos años. Esperé con curiosidad que saliera en pantalla. ¡Qué cambio, Dios mío! Se veía que era él pero, al mismo tiempo, era otro. Él, sin duda, no advertiría el cambio como yo, porque lo había vivido día a día, minuto a minuto.
Y eso ocurre con fotos que guardamos en un álbum, o los que hacen películas y se ven en la pantalla. Estamos cambiando constantemente desde que nacemos hasta que morimos, Cornelio. Es la nuestra una muerte anunciada desde que salimos del vientre de mamá. -O antes. Se nace para morir y no hay nada ni nadie que escape a esta regla.
Francisco Tomás Ortuño
Comentarios
Publicar un comentario