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Festival de Música.

6 agosto 2017, domingo

Verano 17 -Festival de Música-

     Santana, las doce menos veinte en los relojes que marcan bien la hora; en el comedor, con Nala de compañía. Por fin me salió el nombre de la perrita de Alba y Miguel Ángel. Al final se termina queriendo a los animales.
     ¿Qué se merecen ellos de tener una inteligencia limitada? ¿Veríamos bien que a nosotros nos maltrataran superhombres que nos invadieran? “Vamos a acabar con ellos, que no comprenden nuestro lenguaje”.
     Son seres que dan lo que tienen, y punto. Nala cree que trayéndote la piedra que le tiras lejos, cumple con un deber, y es feliz. ¿Qué se merece ella para que se castigue? Y así con los demás. ¿Vamos a sacrificar a perros y gatos porque no se puedan ver? ¿Al gato y al ratón porque uno persiga al otro? En todo caso habría un culpable, y no precisamente los seres creados, cuando dijo Dios: ”Produzca la tierra animales vivientes según su especie”.
    
     Ayer, en mi Soflama, dije que podía llamarse “el día de la leña”, porque trajeron y descargaron, con apuros, un camión de troncos de albaricoqueros. No pongamos nombre hsta que el día acabe, Jerónimo, que puede pasar lo que a Paulo y Enrico de una obra de Tirso de Molina. ¿Quién le iba a decir a Paulo, sufrido ermitaño, que se iba a condenar, y a Enrico, ladrón profesional, que iba a salvarse? Y fue así. Hasta el fin no digas: “Esta boca es mía” o algo parecido.
     Ayer a mediodía supimos que por la tarde-noche había en la Plaza Arriba un Festival de Bandas de Música, y allá que fuimos los tres: mamá, hija y papá. Algo similar a lo que hubo en el atrio de Santa Ana la semana pasada con un pianista y una soprano: al aire libre y hasta cubrir aforo.
     ¡Qué noche tan deliciosa! Tocó primero la Banda de Orihuela, bajo la batuta del director Rafael González; luego la de Carbonera, dirigida por Sánchez Uribe; y. por fin, la jumillana –Asociación Musical Julián Santos-, con su director Salvador Pérez Sánchez.      El público de la Plaza, amplia y bien iluminada, con la fachada enfrente del que fuera Concejo Municipal en tiempos, aplaudía a rabiar las actuaciones de los músicos.
     Por si esto no fuera suficiente, mamá propuso al final del Festival lírico, sobre las doce, ir al Jardín del Rey don Pedro a tomar un helado. Así lo hicimos, comprobando que en Jumilla se vive en la calle cuando aprieta el calor. No cabía una naranja. Cuando pudimos encontrar una mesa libre, nos sentamos y pedimos leche merengada para tres.
     Era la una cuando dejamos La Feria. Mejor, lo que será la Feria en Jumilla dentro de ocho días. ¿Qué será entonces el jardín? Los tiempos se van adaptando a las circunstancias que demanda cada momento. De una Feria pequeñita que me cuentan de hace cien años, con juguetes fabricados por Martínez y Bernabéu, a la que tenemos hoy, media un abismo. Veo admirado que el grandioso Jardín del Rey don Pedro es el pórtico de la Feria con terrazas y chiringuitos que rebasan la Estación de Feve que fuera antes con ruedas mil y puestos de golosinas donde comprar lo que pidan los niños.

                                             Francisco Tomás Ortuño

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