25 agosto 2017 : Viernes, San Luis de Francia
Verano 17 : Distintos
Santana, las once y media, en la jaula, compartiendo mesa con mi gata Sara. Hoy se está pasando de la raya; creo que lo hace aposta para que le riña; por lo visto, quiere jugar. “Un centímetro más y te sales de la jaula”, le digo fuerte. Me mira sorprendida. Su gesto siempre es el mismo, pero yo penetro en sus pensamientos. Quiere decir: “No te enfades, seré buena”. Y cierra los ojos para dormir.
Javi sigue barnizando palos en la terraza que llamábamos antes “de cemento”. Luego se pusieron losas pero sigue llamándose como antes, que tanto puede el primer nombre. A los niños que empiezan los padres llamando Fran, será difícil que responda luego a Francisco, Paco o Frasquito. Yo pensaba en esto cuando escribí esta poesía:
Los primeros amores
Son los auténticos,
Son los mejores,
Los más eléctricos.
Un alma enamorada,
Como un botijo,
El gusto guarda
Del primer líquido.
Ir de segundas
Es arriesgado:
Los primeros amores
Serán sagrados.
-Te has cambiado de bancal, pero te entiendo. Quieres decir que el niño aprende pronto lo que oye de sus padres y eso ya no lo olvidará en su vida.
-Mi amigo Ildefonso tuvo un hijo al que pusieron el nombre del padre. Se ve que no les gustaba mucho y lo acortaron a Cuco. Cuco por aquí, Cuco por allí, Cuco por todas partes. Al final, todos le llamaban Cuco. Nadie sabía que su verdadero nombre era Ildefonso.
Pasaron los años, quince o veinte, y me tropecé con mi antiguo compañero. “¿Cómo está tu hijo y qué estudió?”, le pregunté. “¿Quién, mi Cuco?”, respondió. “Sí, claro, ¿quién iba a ser?”, terminé yo. Vi que el nombre de la infancia había perdurado.
La prueba más clara que encuentro de lo que digo es el idioma. Lo que oye primero es lo que aprende. Si un chino al nacer viene a España, hablará español. Y si le hablan en dos idiomas, aprenderá dos idiomas a la vez. “Admiróse un portugués de que todos los niños en Francia supieran hablar francés”.
Y es que nacemos “tábula rasa”, limpios como una patena, y las primeras impresiones que recibimos son indelebles. ¡Lástima que no se enseñe por igual a todos los niños en cantidad y calidad, que luego, cuando ya es tarde, aparecen las diferencias.
-¿Y si probáramos a enseñar lo mismo a todos los niños que nacen en Casas-Cuna por especialistas? Todos lo mismo y las mismas enseñanzas: mismas palabras, mismas ideas políticas y religiosas, mismos sentimientos…
-Hablarían todos la misma lengua, pero carecerían de algo fundamental: el amor de una madre o el cariño de un padre. Fracasaría el sistema, porque Dios nos hizo diferentes y cada uno, pronto, sería él y no otro; sería distinto a los demás en cuerpo y alma con todas sus potencialidades. La inteligencia con que nacemos nos haría pensar por libre y la voluntad que recibimos como don natural cuando nacemos, nos diría a cada uno lo que debía hacer.
Francisco Tomás Ortuño.
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