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De Carnaval.

15 agosto 2017

Verano 17

     Contó Ana Mari que en su familia había tres o cuatro matrimonios que se divertían lo suyo con las máscaras del carnaval. Un año se pusierouin de acuerdo las damas en gastar una broma a sus maridos. Como sabían que ellos se juntaban en una casa de la calle del Calvario, se vistieron cuando se quedaron solas y fueron disfrazadas a verlos, cambiando la voz, que no había manera de conocerlas.
     Con unas tijeras les cortaron las corbatas por el nudo y se fueron. Por la noche en las casas preguntaron: “¿Y la corbata que llevabas puesta?”. Y por el resto que enseñaban ellas descubrían el pastel.
     Yo les conté que mi abuela Emilia, muy aficionada a los carnavales también, se disfrazó un año y pasó toda la tarde con su nieto Santiago. De bar en bar y de tasca en tasca sin decirle quién era. “Que no me conoces”. “Dime quién eres, máscara”. “Invítame otra vez, que tengo la boca seca”. Y a otro día le confesó: “¡Qué bien lo pasé ayer contigo, Santiago”.
     Y conté el caso de Felicito cuando estaba yo de maestro en Elche de la sierra. Un Martes de Carnaval lo traje a que viera la fiesta tan subida que se montaba en Jumilla. Fue llegar y se enroló con una máscara hasta la noche. No logró verle la cara. “Más tarde”, “Esta noche en el baile”. Pero no lo consiguió.
     En Elche luego me preguntaba si la conocía, pero siempre recibía la misma respuesta: “¿Cómo voy a conocerla si estuvo contigo?”. Pero mira por dónde, a los cinco o seis años, estando en una fiesta, se me acercó una Señora y me espetó: “¿Cómo está tu amigo Felicito? Pasé con él una tarde de Carnaval”. No recuerdo lo que le contesté, pero vería en mi rostro la sorpresa de unos años esperando conocerla.
     Las máscaras daban mucho de sí. Era una fiesta misteriosa. Luego la prohibieron para quedar en charangas y juergas de otro tipo.

                                             Francisco Tomás Ortuño

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