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Muñecos.

30 noviembre 2017

Otoño´17 : Muñecos

     Baños de Fotuna, las nueve y media, en la habitación 104 del hotel Victoria. Ya fuimos al comedor y desayunamos. Ya hubiéramos ido de paseo como otros días, pero amaneció lloviendo -¡vaya noche de llover!-.

     Tienen los hoteles de Fortuna varios circuitos para andar, que  siguen muchos que vienen a sus balnearios. Forman parte de su programa terapéutico: piscina, fangos, masajes y senderismo. Uno de estos circuitos, que yo me aplico y me va a la medida, es el que sube hacia la iglesia, llega a la autovía de Murcia-Albacete, gira a la izquierda bordeando el complejo Leana y luego entra de nuevo, a dos kilómetros, para volver aquí. Un paseo formidable. Mi paisano Antonio hace otro. Me dijo que él va por la piscina, siguiendo un camino de bicicletas que hay señalado de azul, y tiene también dos o tres kilómetros para caminar.

     Tengo en la mesa donde escribo dos muñecos de trapo que hizo ayer mi mujer en un taller del Casino. Van envueltos en papel de celofán. Llevan gorro, un lacito –rojo uno, verde otro-, una bufanda en el cuello –verde una, roja la otra- y chaqueta con dos botones –verde y rojo, rojo y verde-. Por ojos y boca, espetones negros. El tamaño de cada muñeco no llega a los diez centímetros. Solo tienen cabeza y tronco pero quedan muy bonitos. Y como dice el refrán que “quien hace un cesto, hace ciento”, seguro que mi mujer habrá pensado enseñar a Lina y a las mujeres de su taller, por lo que puedo estar viendo a los primeros de una saga larga de muñecos en el porvenir.

     Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado. Mañana a las nueve cogeremos el autobús que nos lleve a Murcia y todo quedará pronto lejos como una estrella fugaz que pasa y se apaga para no volver. Quedan historias en el recuerdo: “Esta señora es viuda y vive con su hija…”, “Aquella es colaboradora de la Obra en Sevilla”, “Aquellas forman parte de una misión en Guatemala”… ¿Quién no tiene una historia que contar o una pena que sufrir a los ochenta? Pocos de los que estamos en el Hotel y que hemos venido con el Imserso tienen menos de setenta años.

Una Señora me decía esta mañana que el año pasado sufrió un ictus leve y que apenas puede andar. Le dije que tuvo más suerte que un hermano mío, que no lo pudo contar. Historias, historias, miles de historias. La vida a nuestra edad son historias para contar, pero que sirven de poco a quienes las escuchan: cada cual lleva las suyas, que van llegando sin avisar. Unos las pasan y otros se quedan en ellas. Una carrera de obstáculos es la vida.

                                             Francisco Tomás Ortuño

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