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A un amigo.

27 noviembre 2017

Otoño´17 : A un amigo

    Lunes, en los Baños de Fortuna, las diez de la mañana. ¡Cuán impredecibles son las cosas de este mundo! ¡Quién me iba a decir a mí que Victorio Esteban García Villaverde moriría ayer! Lo pasado se conoce; lo que no ha llegado, no puede saberse. ¿Cómo iba yo a suponer siquiera que estaría en los Baños de Fortuna cuando muriera mi amigo?

     He pensado en él esta noche, tras la noticia. Dice Manrique en un poema celebérrimo que “nuestras vidas son los ríos –que van a dar en la mar –que es el morir…”. Y es verdad: Cada uno de nosotros es como un riachuelo que acaba en el ancho mar.

     Mas observo que el río de mi amigo Victorio Esteban y el mío propio han ido cerca siempre, y paralelos como “Vidas de Plutarco”: Viéndonos aquí y allá, sin alejarnos mucho.
     Me explico: De niños, yo iba con su hermano Juan Andrés y entraba a su casa, en el Jardín de las Ranas, entre Cánovas y Castelar. Allí conocí a Victorio Esteban, a su hermana Carmen, a su padre y a su madre.

Con el tiempo, Victorio Esteban contrajo matrimonio con doña  Dolores Abizanda del que nacieron Alejandro y Juana María. Y aquella niña que yo veía en la casa de mi amigo Juan Andrés se casaría con Pedro Martínez Olivares, de cuya unión nació el doctor Juan Francisco.

     Por aquellos años cuarenta del siglo pasado, recién terminada la Guerra Civil, Victorio Esteban y yo nos vimos en Campamentos del Frente de Juventudes, cantando el Cara al Sol, la Mirada y el Prietas las Filas. Él como Jefe y yo como Flecha a sus órdenes.

     Era el nuestro como un saludo en la distancia. “¡Hola!”, nos decíamos. Él en un río y yo en otro, pero próximos siempre. Lo que no sabía él, -¿o sí lo sabía?-, era que tanto su padre, don Juan, como mi bisabuelo, pertenecían al mismo Cuerpo de la Guardia Civil.

     Mi bisabuelo, don José Loncán Mur, aragonés, fue destinado a la Casa Cuartel de Jumilla por aquellas fechas, y el destino que nos lleva quiso que mi abuelo José María Ortuño Gallar se casara con la hija de don José, naciendo del matrimonio mi madre Lina Ortuño Loncán.

     Hasta en esto Victorio Esteban y yo íbamos cerca como en un juego de vernos y no vernos, como el Guadiana. Cuando fui a Jumilla como Director del Grupo Escolar “Ibáñez Martín”, tras unas Oposiciones, y el Alcalde, don Manuel Guillén, me nombrara Concejal de Cultura en el Ayuntamiento, Victorio esteban y yo nos vimos con frecuencia.

Él estaba allí antes que yo: era una persona importante, necesaria, en el engranaje municipal, como Secretario del Alcalde. Todo pasaba por su mano. ¿Quién no recurría a Victorio Esteban para redactar un oficio o escribir una carta al Gobernador?

Vi pronto que Victorio Esteban era la pieza clave en todas las Concejalías. Era, como quien dice, un poco a la sombra si quieres, el que dirigía la Casa como se llamaba al Ayuntamiento.

Ya digo, que en siete años que permanecí en el Ayuntamiento como Concejal y Teniente de Alcalde –con don Manuel Guillén, con don Lorenzo Ortega, con don Miguel Trigueros-, nos seguimos viendo a menudo.

Tanto que en una ocasión, no sé si partió de él o fue mía la idea, pensamos comprar juntos una parcela de terreno en Santa Ana del Monte para construir un chalet. Así lo hicimos y el Maestro Alonso construyó una casa para vivir cerca el resto de nuestra vida.

Así, pues, esta historia me hace ver que hemos pasado juntos la vida como ríos de Manrique y paralelas como Vidas de Plutarco. Espero y deseo que nuestros hijos sigan como nosotros muchos años más así, en recuerdo de una historia que nosotros, sus padres, iniciamos.

La noticia de la muerte de mi amigo Victorio Esteban García Villaverde me hunde en hondas reflexiones del pasado y grandes esperanzas del futuro.

                                     Francisco Tomás Ortuño  

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