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Jubileo.

29 noviembre 2017

Otoño´17 : Jubileo

     Baños de Fortuna, miércoles, las diez y veinte y lloviendo. No es broma, está lloviendo; tanto pedir que llueva, que hoy llueve. No mucho, pero algo. Venimos de finiquitar las sesiones de calor en espalda –aquí llaman parafangos-. Mi mujer tiene ahora pediluvio. A las doce iremos a las termas. Las termas son diarias.

     En la sala de espera de estos servicios hay muchas batas blancas esperando que los llamen para ir a tinas, a chorros a presión o a sillas de cervicales, dorsales y lumbares. Ayer estaba yo en esta operación de esperar a que me nombraran cuando el que estaba a mi lado, no sé por qué, dijo que era de los Belones.

     Recordé yo un tiempo en que estuve allí con mi hermano Amós, practicante, luego A.T.S. -Ayudante Técnico Sanitario-, y dije: “¿Ha dicho de los Belones? Yo estuve allí hace años”. Y empezamos a dialogar. Aquí las conversaciones se inician pronto por no estar callados.

     Me dijo que los Belones hoy vive del turismo, de gente que va a la playa y se vuelve a ir. Que el pueblo tiene solo dos mil habitantes fijos y que él era dueño de una ferretería. Y hasta me contó que tenía dos hijos, uno casado y separado, con dos hijas pequeñas, y otro soltero, que no quería casarse.

     Bueno, historias familiares que alivian lo suyo a quienes las cuentan y que resbalan casi siempre a quienes las escuchan. Pero lo importante de nuestra conversación fue que le dije que mi hermano vivió allí. Y lo curioso es que se acordaba de él. “Era bajo y calvo como usted”, me dijo. “¡Vaya si me acuerdo de Amós! ¡Muy servicial y buena persona!”. ¡Cómo alegra saber que nos recuerdan así!. Le dije que había fallecido el año pasado y que todo lo bueno que recordara de él le cabía.

     Luego fui a la silla eléctrica, digo a la silla de agua a presión para mi zona lumbar. En la faena estaba, que es no hacer nada sino estar sentado sintiendo el agua en la espalda, cuando entró otro señor a la silla que había libre. Saludó atento. Iba con su bañador mondo. Y como en bañador creo que todos nos parecemos, le dije, por decir algo: “Se parece usted al cura que dice Misa en la iglesia por las tardes.
     
      Sorprendido me contestó: “Buen ojo tiene usted. Sí, soy el cura que dice la Misa por las tardes en la iglesia”. No sabía qué decirle y contesté: “¿Será verdad? Lo dije por decir algo. Tal vez he sido imprudente”. “No, por Dios, ¿por qué?, todos somos personas aquejadas de algo”, creo que siguió.

    Y por la tarde, a las tres y cuarto montamos en un autobús grande, rumbo a Caravaca, de excursión. Fue una tarde deliciosa. Pasamos por Ceutí, Bullas, Cehegín y caseríos de tierras secas calcinadas, hasta avistar Caravaca.

Aquí montamos en el “chiguagua” -trenecillo de tres unidades- para subir al Castillo. Me recordaba “El tren de la Bruja” que va  a la feria y reparte escobazos a los niños. Vimos la Basílica de la Vera Cruz, otra iglesia cerca del Salvador, inconclusa, el camino de los Caballos del Vino y tiendas de souvenires con rosarios y cruces para comprar.

Mi mujer, y creo que todas las mujeres del grupo, compró Cruces de Caravaca para los nietos, de recuerdo. Cuando íbamos a Mallorca, con niños del Colegio, el guía nos llevaba a las tiendas y restaurantes, recibiendo a cambio un obsequio. Aquí, no sé por qué, lo recordé. Vi mucha similitud en todo. Un gran comercio preparado para los viajeros de turno.

En la excursión íbamos de todas las regiones: de Galicia, de Extremadura, de Cuenca… Cuando supe que una Señora era de Zaragoza, quizás por llenar otro hueco, le dije si conocía la Calle Séneca. Riendo me dijo que no. Le dije que un alumno mío de hacía setenta años, vivía en esa calle. Le expliqué que yo fui su Maestro en un pueblo de Teruel y que luego se trasladó a Zaragoza. Me prometió ir a esa calle a conocer a José Lahoz y llevar los saludos de su viejo Maestro.

                                        Francisco Tomás Ortuño 

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