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Leana.

22 noviembre 2017 : San Salvador Lilli, Padre Capuchino, mártir

     A mis nietos: Fran, Sofi, Gabriel, Isabel, Jaime, Pablo, Francisco, Raquel, Lina, Laura, Ana, Alba y Miguel Ángel

Otoño´17 : Leana

     Baños de Fortuna, las nueve y media, en el rincón de ayer.

Baños de Fortuna y Fortuna a secas se distinguen. Fortuna, sin más, es un municipio a pocos kilómetros de los Baños, de unos diez mil habitantes, conocido especialmente por el balneario Leana y su gran patrimonio arqueológico. A Baños de Fortuna vienen de todas partes de España y del extranjero a curarse con sus aguas termales. Hay pocas casas de particulares cerca, y un complejo bien organizado con Hoteles y servicios para los que  vienen con la esperanza de curarse.

El milagro puede ser real o imaginario, pero el chorreo de turistas persiste, que la esperanza es lo último que se pierde. Según he sabido, estos baños fueron fundados en el siglo V a.C. por los iberos; las propiedades curativas de sus aguas hicieron que este balneario fuera uno de los balnearios más eficaces a nivel sanitario, además de ser un lugar con un encanto especial.

Enclavado en un paraje semidesértico, dispone de dos manantiales termales, medicinales, con grandes propiedades curativas sobre las afecciones respiratorias, del aparato locomotor y del sistema nervioso. La excepcional calidad de sus aguas ha dado lugar con el paso de los siglos, a la pintoresca villa termal de Leana. Este balneario se ha convertido en una pequeña ciudad en la que el tiempo pasa de manera más pausada siendo un auténtico oasis de salud.

 El ciclo es el siguiente: llega un autobús con viajeros de Murcia, de Madrid o de Sebastopol. Va al Hotel Victoria –nuestro caso- u otro de los que esperan viajeros. Estos son recibidos a la entrada por un o una recepcionista en su mostrador.

Por la hoja que presenta el grupo, saben enseguida, como expertos que son, cuántos vienen y los días que van a permanecer en el Hotel. Pagan la estancia lo primero, que las cuentas están muy  bien calculadas, y reciben las llaves de las habitaciones que van a ocupar.

Una vez alojados los viajeros, comienza a funcionar la máquina hotelera. O mejor, se integran en el funcionamiento de la máquina  que ya funcionaba antes de que llegaran. A la una y media al comedor. El comedor se llena de comensales. Cada mesa tiene el número de habitación para que sigan allí todo el tiempo que permanezcan.

Este complejo, construido en el siglo I, incluía unas termas con una piscina de agua termal, capillas destinadas a los dioses y una exedra, que aún hoy se puede contemplar. Este edificio constituye el centro del gran patrimonio arqueológico del balneario, que también tiene un poblado ibérico y enterramientos neolíticos.

A tres kilómetros del balneario, con origen del siglo I de nuestra era, se halla la Cueva Negra de Fortuna, un santuario romano imperial, único en su género, con escritos latinos en su superficie, que servía como lugar de culto a las personas que acudían al impresionante edificio de las termas romanas de Fortuna.

Los escritos latinos de la Cueva Negra son una auténtica joya de la historia y un orgullo para el pueblo de Fortuna. Su descubrimiento en 1987 y su lectura y traducción nos ofrecen frases tan bellas como “en esta cueva habitó una serpiente sagrada, venerada por todos”.

La serpiente sagrada hace referencia a un manantial salutífero de agua. Los romanos no fueron los primeros en sentir la magia de la tierra de Fortuna, pero sí los primeros en dejarnos estos importantes vestigios.

El antiguo manantial termal que sirvió a los romanos, se secó a causa de un terremoto en 1837, dando lugar al abandono del balneario antiguo. En 1846, surgió de nuevo por debajo del nivel anterior. Entonces se construyó un nuevo establecimiento a doscientos metros, sobre el lugar conocido en la antigüedad como LEANA. El origen del nombre de Leana, como el de Fortuna, siguen siendo un misterio en la actualidad.

     Y aquí estamos nosotros, con otros viajeros de toda España que se van turnando durante todo el año con el rumor de unas aguas salutíferas esperando el milagro de sus curaciones.

                                             Francisco Tomás Ortuño   

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