26 noviembre 2017 : Domingo
Otoño´17 : Baile en el Casino
Los Baños de Fortuna, las diez menos cuarto, en un pasillo con mesas y sillas. Hasta las doce estoy libre; veremos cómo ocupo el tiempo; puede que yendo a la piscina.
Esta mañana nos despertamos mi señora y yo a las nueve. “¿Qué hora será?”, he oído cerca. “Voy a mirar”, he respondido. Y me he llevado una sorpresa. “¡¡Las nueve!!”. Hemos saltado de la cama como impulsados por un resorte. “¿Cómo puede ser?”, hemos dicho los dos. “Ya estarán desayunando”, he seguido yo, preocupado. “A las diez tengo maniluvio”, ha dicho ella.
Y es que anoche fuimos al baile del Casino. Eran las doce cuando nos recogimos. ¡Qué locura de música y de gente moviendo el esqueleto! ¿Eran enfermos o jóvenes de ochenta abriles los que bailaban amontonados en la pista? ¡Qué estudio para un observador!
Treinta o cuarenta mesas con parejas y amigos alrededor hablando y bebiendo… ¿Qué bebían…? Pero bebían y charlaban entre risas y chirigotas. Y la música en medio. Y entre las mesas, parejas bailando. Parejas, grupos o en solitario.
Mi señora y yo no encontrábamos mesa donde sentarnos. Todo estaba ocupado. Le pregunté a un camarero si nos proporcionaba donde estar. “No quedan mesas libres”, nos dijo. “Como no sea en la terraza”, y señaló la puerta que daba a una terraza con mesas libres.
Mi mujer, que piensa en las soluciones en casos difíciles, pensó unos segundos y entró a la terraza conmigo. Había dos o tres mesas ocupadas a pesar del fresco de la noche. “¿Cómo vamos a estar aquí?”, le pregunté. “Coge una silla”, me dijo. Ella cogió otra y volvimos a entrar al salón repleto de gente. Entre dos mesas pusimos nuestras sillas y nadie protestó.
A mi lado había un señor que venía de bailar. Se veía que estaba lejos de tener veinte años. Con todo, se advertía que estaba ligero y feliz. Le dije cuando pude: “¡Qué bien baila usted!”. Me contestó que su pareja era su hermana, con ochenta y dos años y que él tenía ochenta y cuatro. Increíble pero cierto.
Cerca había una joven solitaria que bailaba lo que tocaran. “Los jóvenes nacen sabiendo bailar”, pensé. Tendría entre quince o veinte años. ¿Qué hacía esta joven allí entre mujeres octogenarias? Ella bailaba y bailaba sola fuera vals, chotis o cha cha chá. ¡Qué arte en sus movimientos!
Había otra pareja que bailaba de exhibición. Creo que los demás les hacían sitio para que se lucieran: giraban, se soltaban, se volvían a juntar... Parecía que estuvieran compitiendo. Cada nota se correspondía en pies, manos y cuerpo en general. ¡Qué maravilla! Tendrían solo setenta años.
Francisco Tomás Ortuño
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