1 julio 2017
Santana, las once, en el comedor. Solo en casa, lo que significa que mi mujer y mi hija bajaron al pueblo. Es la lógica la que funciona: Si mamá no conduce y yo no bajo es que la lleva Lina. Así de claro. Una de las cosas que llevaban por hacer era decir al de la depuradora que el motor del agua no funciona. Cuando no son flautas son pitos y cuando no son pitos son flautas.
Sí, el motor que eleva el agua de la piscina a las eras para regar. Es bueno este motor y ha funcionado bien mucho tiempo, yo diría que años, pero por lo que sea, llega un momento que dice: “¡Hasta aquí!”, y se para. Y eso ha hecho el motor ahora. Como no sabemos de motores, hay que llamar al que lo puso a ver si le hace andar de nuevo.
Es como el coche o el televisor. Hay que saber. ¿Qué le dijo aquel a un relojero? “¿Solo por soplar me lleva treinta euros?”. Y el relojero le contestó: “Pero hay que saber soplar”. Cuando las cosas se saben son muy fáciles de hacer.
A eso me refiero cuando digo que en la Escuela tenían que enseñar un poco de todo, lo elemental de cada materia, para saber un poco de electricidad, de fontanería, carpintería, mecánica, albañilería y demás cosas que puedan surgir en la vida diaria.
Sí, ya sé, para eso hay Seguros de Hogar. Llamas a un teléfono y te mandan a un operario que lo resuelva. Pero no siempre es tan fácil. Hay excepciones que son justo las que necesitas. Me explico: Haces un Seguro que te cubre averías producidas por lluvias en tu casa de campo. Luego llueve y te rompe el jardín. Llamas a tu Seguro y una voz muy dulce y amable te contesta: “Si lee el artículo 43 del Contrato, verá que dice que el jardín no cuenta en los siniestros”.
Si un viento huracanado te rompe la persiana de una ventana y pide una persiana nueva, te dirán que llamarán al persianero pero que el importe de la persiana corra a cargo tuyo.
Si el motor no funciona para que el agua riegue tus plantas y llamas a tu Seguro, oirás al otro lado que dicen: “¿Ha dicho un motor? Los motores están excluidos del Seguro según su Artículo Primero y único del Contrato que firmó”. “Sí, lo quise leer, respondes titubeante, pero en ese momento no disponía de una lupa para poder hacerlo, pues la letra era muy pequeña”. “No es culpa mía, oiga, que usted no tenga una lupa”, oyes con voz bronca que no anima a seguir dialogando. Y así.
Francisco Tomás Ortuño
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