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Cambio de chaqueta.

5 julio 2017
  
Santana, las doce y media, en el comedor. Temprano bajamos al pueblo –Misa de ocho y media en el Salvador-. Luego fuimos a Pryca –precio y calidad- a completar las compras de ayer. Mamá por la cocina.
Como la puerta que da a la terraza está abierta, oigo tórtolas y chicharras. El cielo es azul sin manchas y el aire duerme el sueño de los justos: ni se ve ni se oye. Como es invisible no se ve y si se oyera no dormiría. A veces, yo quisiera ser invisible como el aire. Estar sin estar.
-Eso no es posible, Blas. Si estás, estás; que nada puede ser y no ser al mismo tiempo. Una cosa es estar y otra verse. El aire está, aunque no lo veamos. Se compone de oxígeno y nitrógeno -21 por 79 respectivamente-, dos gases invisibles que se conocen por sus efectos.
-Pues yo quisiera ser así, como el aire. Estar en alguna parte y pasar desapercibido.
-Claro, así entrarías al fútbol o al teatro sin pagar.
-No me refería a “colarme” a los cines o a los campos de fútbol. Pensaba en oír lo que hablaban otros a mis espaldas. Una reunión, por ejemplo, de gente conocida y yo presente pero ausente para ellos; que viera y que oyera lo que decían sin que supieran que los veía y los oía
-Alguien lo pensó antes que tú, Luis, que yo vi una película del hombre invisible; cruzaba las puertas y las paredes sin sentir.
-En estas reuniones de personas, y yo sin que me vieran, vería personificada la hipocresía de algunos. Quiero decir, lo que muchos dicen cuando están con unos y se callan cuando están con otros.
-No te alcanzo, Luis. ¿Es que hay personas que dicen una cosa ahora y otra distinta luego?
-Más de lo que piensas, Blas. A eso se llama “cambio de chaqueta”. Dicen y afirman lo que quiere oír el que está con él, y más si de este depende un beneficio. En Política es muy frecuente aclamar al que manda y perseguir a los que opinan lo contrario. Cuántos casos hubo en la Guerra Civil española del treinta y seis; cuánto en la democracia que hoy tenemos con los partidos políticos. Pero callemos, que ya San Pedro negó a Jesús por tres veces: “Este es de los suyos”, dijeron. Y él, medroso, exclamó: “No le conozco”. Por miedo y por dinero hay muchos que mienten.

                                      Francisco Tomás Ortuño

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