4 julio 2017
Santana la Bella, las cinco y media de la tarde, en la cocina. El mes de julio va a la carrera, coge velocidad como los años cuando pasan de ochenta. Se revoluciona el cronómetro. Uno lo pararía, pero no puede; el crono va por libre y no repara en que te afecta directamente. “¡Que estoy aquí!”, y ni te mira; él va a lo suyo. Julio y Agosto se van volando. Es empezar y ver que se acerca su fin, como la vida.
El vecino tiene un problema en su casa con la luz; dice que es venir nosotros y le saltan los plomos. Ahora ha llamado a la puerta; dice que ha venido un técnico a ver la causa; que encienda luces del exterior. Están en ello. Son dos casas pareadas con la misma entrada de energía eléctrica.
Espero que se solucione. Dice mi vecino que llevan así dos o tres años. Lo podían haber dicho antes, que el que no sabe es como el que no ve: ni pone los medios para su remedio ni se da por enterado. Lo mejor –y lo que habrá en todas partes como norma- es que cada cual atienda a su juego y pague lo que consuma. Nuestro caso debe ser algo extraño, anómalo, como quien dice una excepción. Espero que el electricista corrija la avería y aquí paz y después gloria.
En las Comunidades de vecinos –la nuestra en Murcia consta de treinta viviendas- hay pagos comunes, como es el agua que consumimos; lo cual no deja de ser un despropósito. Que la Comunidad pague el gasto de lo que usan y malgastan los vecinos, no me parece justo. Uno es carnicero que gasta mucha agua en su carnicería; otro vive solo en su piso y sale fuera a comer, ¿es justo que los dos paguen lo mismo?
Con la luz pasaría lo mismo si todos pagaran por igual; unos pueden apagar sus luces como hacían sus padres o sus abuelos en épocas de escasez extrema, y otros dejarlas encendidas hasta de noche. No estaría bien que todo luego vaya a la cuenta común de gastos comunitarios.
-No es fácil la convivencia si no se usa la inteligencia, Gervasio.
-Qué quieres decir, Apolonio?
-Que la razón la tenemos para usarla en estos casos. Para ver lo mejor sin hacer daño a nadie.
Como hoy es martes, esta mañana bajamos al Mercado. Hicimos la compra y desayunamos en la terraza de un bar, conocida de otras veces. El Mercado de Jumilla se extiende a lo largo y ancho de un edificio que vimos construir cuando éramos jóvenes. Es como una mancha de aceite que cayera en un papel: no para de hacerse grande. Puestos de verduras, de calzado, de carnes y pescados, de ropa, de lo que busques. Para muchos hoy es una fiesta ir al Mercado. Un paseo, con saludos a conocidos y viejos amigos que te salen al paso.
Francisco Tomás Ortuño
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