10 julio 2017
Verano 17
Murcia, las seis de la tarde, en el comedor. Estos días vamos huyendo del calor allá donde estemos. Esta mañana, a la una, doy fe, el termómetro de la farmacia de San Julián, marcaba cuarenta y dos grados.
Veníamos mamá y un servidor de comprar unos pantalones y una camisa polo para mí. Y a la altura del Mercado de Verónicas, en la puerta de la farmacia, hemos visto un 42 exultante y soberbio, como ordenando de forma chulesca que nos escondiéramos, que la calle era suya.
Yo creo que las temperaturas tan altas nos alteran no solo la cabeza sino también el resto de órganos corporales. La temperatura no es mala; solo avisa que hay algo en nosotros que nos puede hacer daño.
El calor que sobrepasa los cuarenta grados nos altera y perturba. ¡Ojo con discutir a esos niveles!: la cabeza no coordina bien los pensamientos y hasta los sentimientos pueden verse alterados.
Y no es la cabeza solo; son otros órganos como el estómago, el corazón, o los huesos del esqueleto: no andamos bien, los pulsos se disparan o tienes que correr para evacuar en casa. Somos de una franja limitada, fija, y nos transformamos si baja de los veinte o si sube de los treinta y cinco.
-¿De dónde has dicho que veníais?
-De una tienda de ropas. Mamá quería verme con otros pantalones y ha dicho: “Lo que llevas es ropa de invierno; vamos por otra de verano”.
Y yo, que estoy a lo que diga mi señora, me he puesto en marcha. En estos casos, yo hago lo que los niños cuando van a comprarse unos zapatos: “Estos te vienen bien”, dice su madre. “Me hacen daño”, protesta el niño. “No, esos zapatos son los tuyos”, termina la madre. El zapatero, como es natural, apoya a la madre y se desentiende del zagal: “Sí, esos le quedan bien” y se acaba la discusión.
A mí con la ropa lo mismo: “Estos pantalones te quedan bien”, dice mi Señora cuando me los ve puestos. Yo me miro al espejo y exclamo riendo: “¿Tú crees?”. El comerciante, que solo quiere vender pantalones, apoya a mi mujer: “Esos son sus pantalones”.
Francisco Tomás Ortuño
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