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Orgullo gay.

2 julio 2017

Santana, domingo, las doce y media, en el comedor. Mejor diría en el salón, porque esta pieza de comedor hace solo las fiestas de guardar, o sea, las grandes ocasiones de comer la familia al completo.
Mamá y Lina subieron con los frailes; quiero decir a Misa de doce en el Convento. Y no porque sea domingo sino porque es otro día. Cada uno trae su afán. No quiero hablar, pero creo que se pasan. Dos concepciones antagónicas de un mismo acto.
Si me oyeran ellas dirían que la Misa es lo más grande e importante del mundo mundial. Ya lo dijo Campoamor en una poesía: “¡Miserable!”, dijo el sabio; y el rey dijo: “¡Miserable!”. Sí, cuando le dijo el rey que podía pedirle cuanto quisiera y el sabio le contestó que se apartara, que le estaba tapando el sol.

Ha llamado Ángel desde Valencia. Suele llamar los domingos. Dice que Lina –su hija- está haciendo el Camino de Santiago con un grupo de amigas. Y que tiene su coche en el taller, como estaba el nuestro. Y que sigue buscando donde poner el huevo. Me cuenta que Nino trabaja después de ocho años de búsqueda. Es un consuelo, por lo visto; pobre, pero consuelo al fin.

Ayer fue la fiesta de los gays y lesbianas en todo el mundo. Las pantallas de los televisores se llenaron de besos homosexuales.  Manifestaban su “orgullo gay” en Cádiz, Lugo o Castellón; en Gran Canaria, Singapur o California, por citar ciudades alejadas; igual podía haber dicho Londres, París y Roma.
Para mí que cada cual nace como es –alto, bajo, rubio, moreno, misógino o lo contrario-. A todos hay que respetar porque todos son personas y nadie se merece haber nacido así. De respetarse a estar orgullosos de ser como son, hay un abismo. De aceptar la condición que se tenga a salir por la calle abrazados, en clara ostentación de ser como Dios lo trajo al mundo, hay mucha diferencia.
No veo claro qué tiene que ver la fiesta de ayer –salir del armario y presumir de ser gay o lesbiana- con que las mujeres deban de ser iguales a los hombres en trabajos y salarios. Sin duda, se  involucran deseos feministas largamente acariciados, con otro tema.
Dios hizo a una pareja, y en su día les dijo: “Procread y sed maestros de vuestra prole”. No dijo más. Luego vinieron las diferencias –unos rubios, otros albinos, otros castaños, estos bajos y aquellos altos, esotros frígidos y esotras con furor uterino como animales en celo.
¿Qué corresponde hacer? Sufrir o gozar de su suerte como don de lo Alto y punto. Cada cual a conformarse y a disfrutar de lo que le cupo en suerte.
Y si Dios hizo a hombre y mujer distintos supo muy bien lo que hacía. Lo que no pasaría, pienso yo, por la cabeza del Creador de cielos y tierras nunca es que dos hombres o dos mujeres se unieran en matrimonio. 
Podría haber entre dos personas del mismo sexo buena amistad, feeling, afinidad de sentimientos, gozo con su cercanía y convivencia, pero nunca matrimonio. Primero porque va contra natura y segundo porque el niño o niña que vive con dos mujeres o con dos hombres, no puede tener lo que necesita para su desarrollo anímico: un padre y una madre.                
                                       Francisco Tomás Ortuño

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