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Para qué, si estaba solo.

17 julio 2017

Verano 17

     Santana, las diez y veinte, en el comedor. “¡Y te alcancé!”, dirá la fecha que esperaba días hacerlo. Uno, dos, tres… y se acercaba peligrosamente. Once, doce, trece… Como el año no se movía, pensaba que lo iba a coger. Es lo mismo que la fábula de la liebre y la tortuga: si la liebre se duerme, la tortuga ganará la carrera. Es lo que pasa con los estudiantes: si los mejor dotados se van de fiesta,  ganan los torpes, aunque vayan lentos como la tortuga de la fábula.
     -Bueno, deja tus fábulas y cuenta lo de ayer, que luego tus nietos no van a saber qué pasó ni quién hubo si te quedas en las fábulas.
     -De acuerdo, aunque no haya mucho para contar. Amanecimos con Francis, Lena, Sofi y Fran en la casa; se bañaron en la piscina con un baño largo de horas -¿cómo puede gustarles tanto el agua a los niños?-; luego subieron a Misa con los frailes, y por la tarde vino Miguel and his family a recoger a Nala.
     ¿Qué sentiría este animal cuando vio a Miguel Ángel y Alba? Se la comían a besos. ¿Y qué sentiría Sofía viendo que Nala celebraba tanto la vuelta de sus amos?
     Los niños y los animales sintonizan pronto. Donde ve cariño, el perro, sin hablar, expresa agradecimiento. Dos días Sofía con Nala para allá y para acá, para arriba y para abajo, llevándola incluso en brazos como a un hijo, echa raíces. Y, de pronto, ¡qué desengaño!, saber que Nala prefiere a Alba y a Miguel Ángel, que salta de alegría al verlos que se ve en el brillo de sus ojos.
     Yo le diría a Sofía como a su hermano Fran, como abuelo, que cuiden lo mejor que puedan a los animales, pero que sepan que hay una barrera natural con las personas. Querer querer los niños a sus papás y poco más. Con las mascotas, atenciones y no hacerles daño. Los mismos animales por instinto saben guardar mejor que nosotros las distancias que corresponden.
     El mundo sentimental de un niño es complejo y difícil. Cuántas veces no lo comprende ni el propio niño que lo sufre. Alba ayer lloraba. “¿Qué te pasa?”, le pregunté. “Me he caído y me he hecho daño en el labio”, contestó. Pronto vinieron sus primas y se reía. ¿Por qué lloraría Alba cuando lloraba? ¿No sería por pensar que los demás jugaban y no contaban con ella?
     Me acuerdo haber leído que un niño decía a su amigo que se cayó de un árbol. “Llorarías mucho”, le dijo este. “Para qué si estaba solo”, fue su respuesta.

                                             Francisco Tomás Ortuño

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