27 febrero 2017
Sigo contando… Generaciones
Murcia de nuevo, las doce, en mi estudio que da a la calle salón. Mamá me acompaña –o al revés-. Ella, punto va, punto viene, borda en su bastidor junto a la ventana. Yo me dispongo a escribir en mi mesa redonda. Mamá me pide que lea lo que haya escrito en el Limonar estos días. Sabe bien de mi afición a los Diarios, como otro Amiel. Busco en el cuaderno el día 24 y leo fuerte: “El Limonar, la una menos cuarto. Doy fe como notario…”. Mi lectura, por lo visto, le produce somnolencia, como un vulgar somnífero; veo que se ha quedado dormida. Dejo de leer y empiezo la tarea de escribir. “¿Es que ya no lees?”, me pregunta. “Estabas durmiendo”, le digo. “No, te estaba escuchando”, quiere complacerme.
Sobre las seis de la tarde, ayer, el Limonar se quedó vacío. Los coches fueron saliendo, entre despedidas de unos con otros, rumbo a Murcia. Nosotros, como en la ida tres días antes, pero de vuelta, montamos felices y contentos, Pepe, Pascual y yo.
En la ida, como nuestro acompañante dijo que estudiaba inglés en Clases nocturnas para mayores, le pregunté en su momento: “What is your name?”. “Pepe García”, me contestó. “Y tengo ochenta años”. Luego añadió que era padre de once hijos y que todos eran de la Obra. “¡Qué interesante es la vida de muchas personas!”, pensé. “Un hijo vive en Johannesburgo –siguió-; hace poco fui a verlo: once horas de avión; otro vive en Roma, y dos en Alemania”.
¿No era atractivo que esta persona que nos acompañaba tuviera tantos hijos en el Opus Dei? “Entonces, pocos nietos”, me atreví a bromear. “Por ahora ninguno”, dijo riendo. “Y digo por ahora porque uno quiere casarse”. Y siguió, con un deje de amargura: “Con lo difícil que es hoy encontrar a la pareja que te comprenda”. “Siempre fue difícil –pensé yo sobre la marcha-, pero ¿qué sería el mundo sin parejas que matrimoniaran?”. Me guardé mi pensamiento. Y cortamos la conversación porque en ese punto se detuvo el coche: habíamos llegado al Limonar.
Y ayer, a la vuelta, cuando nos despedimos, me dijo que iba a bañarse los martes y los jueves a las piscinas de Inacua. “A ver si nos vemos un día por allí”, le dije, “que yo también voy a bañarme a Inacua los martes y los jueves”.
No sé si lo habré dicho, pero lo he pensado antes: “Me encanta hablar con personas de mi edad. En el Curso de Retiro predominaban los jóvenes, como mi hijo. Te ves fuera de contexto. Si hablo con Pepe u otros de nuestra edad, parece que soy otra persona.
Francisco Tomás Ortuño
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