14 marzo 2917
Sigo contando...
Murcia, las seis menos veinte de la tarde, en mi camarín. Pues sí, llegaron esta mañana los objetos que compramos hace unos días: la cinta de andar por casa, el aparato quitadolores, el purificador del agua del grifo... Y, claro, los regalos prometidos: un reloj, unos libros de arte, una almohada...
Íbamos a salir cuando sonó el teléfonillo. “Soy de Prosalud”, dijo. Yo no sabía de qué hablaba. “¿Cómo? ¿Qué dice?”. Tuvo que repetir lo mismo hasta que caí en la cuenta. “Ah, sí, claro, de Prosalud, suba”. Yo, que iba a Inacua, dejé el macuto otra vez en su sitio; mi mujer, que iba al mercado, dejó también el carrito de la compra.
El ascensor subió cargado de cajas. Un joven iba envuelto entre las mismas, de tamaños diversos. “¿Dónde las colocamos?”, oí una voz cerca. “Pase y ya veremos”, le respondí.
El pasillo de la casa se llenó de paquetes, que no dejaban pasar. “Empecemos por la cinta de andar; pase por aquí y a ver dónde encontramos un hueco para ponerla”.
En estos pisos es difícil colocar algo nuevo. ¿Te crees que no compro un libro a veces por no saber dónde ponerlo? Los armarios están llenos, las estanterías, las mesas, los cajones… todo está ocupado. ¿Qué hacer con una compra de esta magnitud?
A mis hijos debe ocurrirles lo mismo: cada uno lleva enredos a la casa de Santana como solución a su problema de espacio. “¿Para qué traéis aquí este equipo de música si ya tenemos dos?”. “Es que hemos comprado uno nuevo y este no nos cabe allí”. “Y estas sillas?”. “En la cochera hay sitio”. Nos va pasando a todos como en el Cuento de los coches que escribí: al final nadie podía moverse y murieron de asfixia entre miles de coches alrededor.
Por fin, el joven de Prosalud me explica cómo funcionan los aparatos. A mí no me quedan claro muchos botones -Start, stop, mode, prog, etc,-; al problema de espacio hay que añadir el de su manejo. Confío en el libro de instrucciones y no le presto atención. “Luego, con la ayuda de mis hijos…”, le digo. “¿Se lo explico de nuevo?”. “No, por favor, no se moleste”. Y es que por mucho que lo repita no me voy a enterar.
¿Y el aparato de los dolores? “Aquí se enchufa a la corriente; se colocan los polos positivo y negativo a la zona dolorida, se busca en el libro qué se quiere aliviar y ahí está la clave”. Y se queda como si uno supiera aplicar sus instrucciones. No piensa que yo no nací para estos aparatos que ellos ven tan familiares.
Francisco Tomás Ortuño
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