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De carros y carretas.

15 marzo 2017

Sigo contando…   Carreteras

Santana de Jumilla, las doce y media, en el salón. Acabamos de aterrizar. Santana y Murcia para nosotros va siendo la misma casa. Si quieres, como una dependencia la una de la otra o la otra de la una. Solo que entre ellas hay setenta kilómetros de distancia. “Vamos a Murcia”, “Vamos a Santana”; y mientras vamos y venimos no falta gente en el camino. Otros hacen lo propio con la casa que tienen en la playa: ora aquí, ora allí; es lo mismo.
-Por eso tantos coches siempre en la carretera.
-Mejor en la autopista, Eulogio, que carretera viene de los carros y carretas del pasado siglo, y van quedando pocos.
-Aún quedan algunas carreteras secundarias por campos y montes. Hasta casillas de peones camineros, de cuando había obreros fijos que reparaban los caminos de tierra.
-Hoy creo que es una especie a extinguir, si no ya extinta. Reliquias en algún lugar como las pirámides de Egipto, o monumentos griegos y romanos, que hablan de épocas fenecidas.
-Y no hace tanto tiempo, que nuestros abuelos no conocieron otra cosa que carros, carretas, mulas y bueyes para ir de un pueblo a otro. Dos, tres o cuatro jornadas para ir de Jumilla a Alicante, de Reus a Tarragona o de Getafe a Madrid. Que se lo dijeran a la Santa de Ávila cuando iba a fundar conventos por Andalucía.
-Hoy los jóvenes creen que eso son cuentos de ciencia ficción como de las Mil y una noches o el Viaje al centro de la Tierra de Julio Verne. Y no se imaginan que hasta hace unos años no había ni aviones, ni coches, ni móviles, ni televisión.
-Hasta a nosotros, mayores, nos cuesta pensar que Cervantes escribiera con plumas de aves, sin luz eléctrica y, por descontado, sin coches para viajar.
La una del mediodía; vamos a gozar fuera de cuanto ofrece a raudales la madre naturaleza: sol, aire puro y monte poblado de pinos donde los pájaros juegan a pillarse por las ramas.
  
Francisco Tomás Ortuño

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