25 febrero 2017
Sigo contando… De un Curso…
El Limonar, las doce y veinte, en mi habitación. Cada habitación tiene su nombre en la puerta. Esta se llama Cabo Tiñoso, y la de Pascual, al lado, Moreras. Están al final de un pasillo en la segunda planta. Para subir hay escaleras y un ascensor. Yo prefiero este a las escaleras. Como solo hay dos plantas, es cómodo y rápido; o tocas el cero o el uno y el ascensor, bien mandado, te sube o te baja. Me recuerda al montacargas del Mercado de Verónicas: no pasa tampoco del primer piso.
El pisito tiene de todo, pero justo lo imprescindible. No he visto otros, pero serán lo mismo: una mesa, una cama, un armario y aseo con ducha. ¿Para qué más? Por una ventana entra luz y dentro, por varios puntos, luz eléctrica. Ah, y radiadores para tener “la chambre” caliente. A mí me sobraría lo que añadieran.
Por lo que llevamos de Curso, veo que este se asienta fundamentalmente en la Misa de las mañanas y en las Meditaciones. Lo demás son rellenos para tenernos ocupados todo el día. Hoy ayudó a Misa Pascual. Desde su inicio sabe cada uno los encargos que tiene asignados.
En una mesa del salón hay una hoja con las obligaciones que tiene cada uno, como el horario de actividades: 7´45 Levantarse; 8´30 Meditación; 9 Misa; 9´45 Desayuno; 11 Meditación; 12 Lectura… y así. En otra hoja: Fulano, tocar la campana; Mengano, ayudar a Misa; Perengano, rezar el Vía Crucis… Por eso estaba cantado desde que llegamos que Pascual hoy ayudaba a Misa en la Capilla. Todo está milimétricamente ordenado.
En el altar de la Capilla hay una frase en latín: “Elegit nos in ipso ante mundi constitucione”. Al compañero que tenía a mi lado le pregunté, después del “ite Misa est”: “¿Sabes latín?”. Con cara de asombro, me contestó: “¿Por qué?”. “¿Qué dice esa frase del altar?”, seguí. Sin dudar me respondió: “Nos eligió antes de la constitución del mundo”. Le di las gracias. Era una forma de romper el hielo y hablar con él. Desde ese momento nos saludamos de otra forma, como más amigos.
Anoche hice lo propio con otro compañero, en el salón de Charlas y Lecturas. Veía él un álbum o similar excesivamente grande. Me acerqué para preguntarle, como quien no quiere la cosa: “¿Qué libro lees tan grande?”. Tras un ligero asombro por su parte, me contestó: “¿Quieres verlo?”. Y lo repasamos juntos. Veo que las personas quieren que alguien les pregunte y rompa su soledad.
Subo de la Charla de la una. Para las “Charlas” nos reunimos en el salón. Creo que no ha faltado ni uno de los treinta cursillistas. El charlista, muy bien preparado, con papeles en sus manos de guion, ha hablado del trabajo. Ha querido destacar que el trabajo ordinario de cada uno en la vida hay que ofrecerlo a Dios, se hace por Él: Él lo manda y lo quiere. No dejarlo si el jefe no nos ve; hay que gozar con él porque lo hacemos por Dios. Difícil de entender el fondo que encierra como misión divina.
-Continuará-
Francisco Tomás Ortuño
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