19 marzo 2017
Sigo contando… De nombres y de hormigas
Murcia, domingo, las cinco y veinte, en mi camarín. Como dijera que me gustaría saber cuántos Amoses hay en España, recibí un Correo de mi sobrino Amós, desde Granada, donde reside, diciendo que cuatrocientos veinticuatro, según el Instituto Español de Estadística.
Qué curioso. ¿Será cierto que se lleve la cuenta de los nombres que hay en España? ¿Sabrán los Saturninos, Inocencios y Vandregísitos que hay? Yo pensaba que Amoses quedarían unos diez a lo sumo, y resulta que son casi quinientos. ¿Quién puede llevarle la contraria?
Es como si un médico dermatólogo te dice que tienes cinco millones de cabellos en la cabeza, ¿le vas a decir que no? O si te dicen que han encontrado restos de homínidos de hace cuarenta y cinco millones de años, ¿lo vas a discutir?
Mi amigo Pedro me aseguró una vez que obtenía vida de la materia inorgánica a base de corriente eléctrica. Un día subió a mi casa de Santana a demostrar que era cierto lo que decía. Me dijo que mirara por un microscopio, que llevaba para sus experimentos, y, efectivamente, vi avispas diminutas que se movían.
En un descuido, puse hormigas en el campo de observación, y él cuando miró saltó radiante de alegría, eufórico. “¡Hormigas!”, exclamó, “¡también hormigas!, ¡es la primera vez que se transmuta la materia en hormigas!”. Yo no le confesé mi travesura, pero desde entonces dejé de creer en los milagros de mi amigo. Para milagros los que obraba Jesús cuando vivía con los hombres.
Hasta el siglo XX se creía en una “lluvia de sangre” que ocurría a veces y se tenía por mal augurio o presagio. Ya Homero cuenta en la Iliada de una “lluvia roja como la sangre”. Luego se supo que no era otra cosa que polvo africano que las tormentas trasladan a cientos de kilómetros; que incluso llegan a Francia y hasta cruzan el Atlántico y llegan a América.
Ahora se dice “lluvia de barro”, que tanto ensucia los coches que duermen en la calle. Todo tiene su razón de ser y nada escapa a lo natural, aunque por ignorancia pensemos que son otras las causas.
Don Juan, sacerdote y profesor en el Colegio “San Francisco” de Jumilla, contaba que uno oía ruidos extraños en su casa a medianoche. Hasta que supo que era un vecino que daba golpes con su pipa para limpiarla antes de acostarse, en una viga de madera que llegaba a su casa.
FranciscoTomás Ortuño
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