26 marzo 2017
Sigo contando… De un concierto Para mi nieta Alba
Murcia, las cinco y media de la tarde, en mi mesa octogonal del camarín de Federico.
-Vengo de un Concierto de guitarra, Casimiro.
-¿Has dicho?
-He dicho y me ratifico: De un Concierto de mi nieta Alba. Es más grande la guitarra que ella, pero sus manos saltan alegres viendo que sus dedos tocan las cuerdas en los trastes justos para ofrecer canciones que lleva en la partitura.
Luego tocará en los teatros y el público aplaudirá de pie pidiendo que las repita, como he visto que piden a pianistas y violinistas de fama internacional. ¡Cómo me gustaría, Alba, verte como en mi sueño!
Vinieron a estar con nosotros y trajeron el instrumento que un guitarrista debe llevar consigo adonde vaya. En la sobremesa le pedimos que tocara y ella, ni corta ni perezosa, más bien encantada, nos ofreció unas piezas de su largo repertorio.
Miguel Ángel luego jugó al ajedrez con su padre en un tablero grande que tenemos para las ocasiones. Ya habré dicho antes que los niños deben visitar muchos campos para conocerlos y quién sabe si para quedarse en uno y hasta destacar como figura nacional.
Si Miguel Ángel no aprende a jugar al ajedrez, no podría nunca participar en torneos locales, provinciales o nacionales luego. En cambio, jugando ahora tiene la puerta abierta a una afición que puede llevar latente, por desarrollar.
Leí en mis libros de carrera de Magisterio que los americanos participaban de esta teoría: “Ver para escoger”. “Ver mucho y ser libres de coger lo que más les guste”. Lo que es difícil, por no decir imposible, es practicar algo sin conocerlo.
Tú puedes ser un genio para los idiomas, pero si no los practicas nunca, no llegarás a dominar ni uno de muestra. Y quien dice idiomas dice música, dibujo o matemáticas.
Quede para la historia familiar que ayer entró en la casa un nuevo libro: “Vivir para contarla”, del colombiano García Márquez. Lo trajo mi hijo Miguel por el “Día del Padre”. Empieza con un Pensamiento del autor: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Tiene 579 páginas tamaño cuartilla. En su portada hay un niño de ojos grandes, observadores, que miran algo con fijeza. Luego te lo cuento.
Francisco Tomás Ortuño
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