26 febrero 2017
Sigo contando…
El Limonar, “ten minutes past ten” o las diez y diez en castellano. Día, desde el comienzo, con sabor a despedida. Se recogen cosas personales para que no se olviden, se recogen sábanas para lavar, etc., y el tiempo corre en una dirección: hacia la hora de partir esta tarde.
Es lo contrario a la llegada, estando ambas –llegada y salida- tan cerca. Es como la vida de las personas. “Ya estoy aquí: a poner las cosas en su sitio y a hacer proyectos”. Y cuando quieres darte cuenta, ves que tienes que recoger lo que antes repartiste para salir de nuevo.
Parece que se ha copiado un Pensamiento mío: “Sea breve, no sea breva”. Lo de breve lo dijo el cura en una Meditación; y yo recordé el resto que tenía escrito por algún sitio como Pensamiento. La brevedad como característica esencial de la vida.
La mañana sigue igual en el horario de actividades: levantarse, Meditación, Misa, Desayuno… Seguirá otra Meditación, Lectura, Charla, Examen y Comida. El horario de la tarde cambia para que entren todas las actividades del día y se termine antes. Todos quieren, por lo visto, salir pronto.
A la cena no queda nadie. El palomar queda vacío de cursillistas, de Curso y de impartidores. Quizás queden las señoras que preparan las comidas y limpian las habitaciones. Quizás exclamen como los matrimonios cuando se casan los hijos: “¡Al fin solos!”.
Hay una actividad en el Curso que se repite: “Hablar con el Pater”. No es a confesar. Es a hablar de lo que quieras pero sin confesar pecados. Hay una hoja de papel en una mesa donde se sigue un orden de peticiones. Se pone el nombre del que quiere entrar y cuando le toca, entra a dialogar con el sacerdote o a preguntarle algo.
Anoche me tocó a mí. Entré y hablamos. “¿De qué?”. Pues de lo que fue saliendo. “Ahora el más joven de los cursillistas”, le dije de entrada. Y hablamos. Fue amena la conversación. Hasta nos reímos. Cuando nos dimos cuenta eran las once y todo era silencio en la casa. Me dijo que se llamaba Francisco y que era profesor en el Colegio Monteagudo. Que era de la Obra saltaba a la vista.
Francisco Tomás Ortuño
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