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De los pinos.

21 junio 2017, Miércoles, San Luis Gonzaga

Seguiré contando : de los pinos

Santana, las diez, en el comedor. El albañil trabaja abajo: quita unas losas levantadas por las raíces de los pinos para ponerlas después rebajadas. Dice el obrero que estas raíces son capaces de levantar una casa. Su fuerza es descomunal. Ya lo vemos en la carretera que sube al convento. Donde hay pinos para dar sombra a los romeros, cada poco tiempo hay que poner un manto nuevo de hormigón. Así que, lo que no va en lágrimas va en suspiros: bueno para una cosa y malo para otra.
Los pinos aquí dan sombra, que se agradece, pero embrozan las cañerías unas veces o levantan losas otras. Hay que elegir. Como si pensaran, hay árboles malos, nefastos, que quieren cobrar su servicio: “Yo no trabajo de balde”, parecen decir. ¿Tú no ves en los pinos a seres que sienten y piensan como nosotros? Empiezan siendo una semilla tan diminuta como un grano de trigo, como el germen de un niño en la barriga de mamá, y va creciendo y tomando forma con su genio característico, peculiar, concreto.
Unos son amables, bondadosos, y otros torcidos y malos. Hacen daño si pueden y si no pueden, la guardan. ¿Qué son menos que los animales? En las selvas que vemos en Grandes Documentales, nadie se libra: hay que estar siempre con los ojos abiertos por si hay depredadores cerca.
¿Y los árboles? Cuando supe que hay plantas carnívoras empecé a desconfiar de las mismas. Luego supe que algunos árboles se protegen de insectos que pueden perjudicarlos, con tumores pinchosos en su corteza para que no puedan subir por el tronco. ¿No es de ser inteligentes? ¿No ha tenido que pensar el árbol para defenderse con tales tumores?
Al pino, guardarle el aire y ser amigo suyo. Si cría bolsas con gusanos, limpiarlos con cuidado de que no te caiga su veneno en los ojos; si te levanta losas de la terraza, ponerlas en su sitio y en paz; que te embrozan las tuberías del baño, a llamar al fontanero. Es la vida y su brega diaria. ¿Qué haríamos si no tuviéramos nada que hacer? Pero que los árboles piensan, no tengo duda.

                                       Francisco Tomás Ortuño

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