12 junio 2017, lunes, San Onofre
Seguiré contando –de ayer- : A mi nieta Alba
-Santana, las doce y cuarto, en la jaula antiinsectos. Día veraniego, Nicandro.
-Es casi verano, Filiberto; aquí cabe decir que por la víspera se conoce el día.
-Mamá y Lina, que vino anoche, subieron al convento franciscano, a oír Misa. Yo estoy con Nala, la perrita de Alba, que nos dejaron sus padres para irse ellos de viaje por Almería.
Ayer llamaron por teléfono para saber de ella. No preguntaron por nosotros sino por la perrita. “¿Cómo está Laya?”. “Bien, no os preocupéis; pero os echa de menos: mira constantemente a la puerta por si os viera entrar”.
Alba se puso tierna y dijo: “Abuelo, acércate a ella, que le hable”. Te lo juro, a pesar de la distancia y del teléfono, Lana conoció a su ama y empezó a dar saltos con las orejas en punta. Le faltó decir: “¿Dónde estás, Alba, que no te veo?”. Bueno, lo dijo con ladridos y saltos. Hubo un cruce de palabras entre Alba y su perra Maya.
-¿Qué pensaría la perra?, pienso yo. ¿Pensaría después en el prodigio?”. Seguro que si soñó luego con sus amigos, les dijo: “Estaba allí pero yo no la veía; la oía y ella me hablaba pero no estaba allí”.
-¿Qué pensamientos pasarían por su cabeza? Sus ojos me preguntaban después: “¿Cómo ha sido? ¿Cómo estaba y no estaba al mismo tiempo?”. Y yo no alcanzaba a ver el límite de su razón. Llegada la misma al límite de su entendimiento, se perdería como nosotros cuando alcanzamos el nuestro.
“Dios es eterno”, decimos, pero no pasamos a comprender la eternidad. “La resurrección de los muertos”, pero no sabemos cómo será el milagro. Somos limitados. El perro, Sara, cualquier animal tiene recuerdos y piensa, pero no razona ni comprende.
Me gustaría saber hasta dónde es capaz de comprender su inteligencia. “Estaba pero no estaba; la oía pero no podía verla”. Y de ahí no podía pasar. Lo mismo que nosotros, un poco menos tal vez, pero siempre limitados en extremo.
En este punto de mis reflexiones llegan mi mujer y mi hija. Nala salta cuando las ve. ¿Qué piensa Naya cuando salta de alegría? ¿Pedirá que le tiren una piedra para ir por ella? Es un juego que le divierte: lanzas una piedra tan lejos como puedes y ella va y la trae en la boca. Quiere que se la tires otra vez para correr tras ella y traerla de nuevo. ¿Pensará que juega o que te hace un favor?
-Vaya con el pensamiento de los animales, vaya con el entendimiento de los hombres. Todos limitados aunque con distinto grado de limitación.
Me dan una sorpresa: “Hemos pensado que nos lleves a comer al restaurante Coimbra”, me dicen alegres Lina y mamá. Saben que me gusta comer allí. “Hemos pensado lo mismo”, les digo riendo. “Pues no se hable más, marchando que es gerundio”.
Francisco Tomás Ortuño
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