22 junio 2017, jueves, San Paulino de Nola
Seguiré contando : de los ángeles
Murcia, las once y veinte, en mi estudio del piano. Hoy no he llevado a mamá a Moratalla. El coche ha sido el culpable.
-¿Qué le pasa al coche?
-Como máquina, va bien y, de pronto, se para y te deja en mitad de la carretera. Y eso hizo: salimos de Santana, echamos por la pista para ahorrar unos kilómetros, y de pronto pierde fuelle, se va apagando, y se detiene. “¿Qué te pasa?, ¿por qué no sigues?”, le pregunto. Que si quieres. Hasta suelta un olor a quemado el motor que asusta. “¿Qué hacemos?”.
Desde entonces, creo más en los ángeles custodios. Si no llegan a estar allí, allí seguiríamos tirados como una vulgar colilla.
-¿Y qué hicieron los ángeles por vosotros?
-Todo, Justino, todo: Echo mano del móvil para hablar con mi hija y me avisa que la batería se está agotando. Pero Miguel me está llamando. “¡Milagro!”, exclamo. Me queda el tiempo justo para decirle que estamos en la carretera y dónde nos encontramos. El móvil se apaga como el coche, pero ha cumplido: ha permitido avisar. Mi hijo tiene la noticia de nuestro infortunio.
Otro ángel –les dimos trabajo- se ofrece en forma de mujer: viene un coche y se detiene. Es una amiga que pasa. “¡Hola!, ¿qué os ocurre?”. Le contamos lo sucedido. Saca su móvil, llama a Mapfre y pide una grúa. Pronto llega la grúa y el gruista que la conduce. Comprueba que la avería del Skoda es grave y llama a un taxi para llevarnos a Murcia.
¿Qué coche se detiene? ¿Quién ha avisado a mi familia? Van en el coche mi sobrino José María, su mujer y su madre. Vienen a ayudarnos, que se han enterado que estábamos en apuros. “El taxi llegará enseguida”, dice el señor de la grúa cargando el coche averiado. “Decid a Miguel que no vengan por vosotros, que os va a llevar un taxi”.
Pero en ese instante se detiene otro coche. Es Pascual Jesús. “¿Cómo sabías…?”, le digo con la vista más que con palabras. “Que pasaba por aquí camino de Barcelona”, dice riendo. “Decid al taxista que no venga, que no hace falta”, dice Ana Mari, la mujer de José María.
Y como se formó el ovillo se fue deshaciendo. En un pispás desaparecieron los coches: la grúa con el Skoda encima; mi cuñada Juana con sus hijos a Jumilla; y nosotros, con Pascual, camino de Murcia. Todo a pedir de boca.
¿Cómo no pensar en los ángeles custodios, que resolvieron tan feliz y eficazmente el desaguisado? Si no hablo con Miguel, Miguel no avisa a Pascual; si no pasa Mari Cruz Trigueros, no llamamos a Mapfre; si no viene la grúa, allí seguimos con el coche roto. Lo veo claro: todo fue obra de los ángeles.
Francisco Tomás Ortuño
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