9 febrero 2017
Sigo contando… : Ventaning
Murcia, las nueve y media, ¿qué más da dónde sea? El viento se ha despertado y corre de nuevo de un lado para otro.
-¿Qué te dijo el doctor de la Vega ayer?
-Hablamos y me dijo que volviera dentro de unos meses. Salí contento de la entrevista. Es joven el doctor Carrasco y transmite confianza. La fe, hasta en las cosas terrenales, es muy importante; ver en otra persona la ciencia, la sabiduría y confiar en su palabra, es esencial para el enfermo.
-¿Qué le pasa a usted?
-Pues…
-Tiene muy buen aspecto.
-Pues ya me encuentro bien, no sé a qué he venido.
-La ropa baila en la terraza de enfrente. Con viento es peligroso ir por la calle, Nicolás.
-Claro, te puede caer la maceta de un balcón o un muerto.
-¡Hombre, un muerto no te cae por el aire.
-Por el aire te caen los que se tiran por las ventanas, que se ha puesto de moda el “ventaning” por lo que veo. Discute la pareja y uno tira al otro de un quinto piso.
-¡Qué cosas hay que oír, Servando! Malo será tirarse uno, pero peor que lo tiren en un forcejeo.
-A uno en la caída le preguntaron desde un segungo: “¿Qué tal, vecino? ¿Cómo se encuentra?”. Y el pobre, que no tenía dónde agarrarse, gritó fuerte, sumamente preocupado: “¡Por ahora bien, por ahora bien!”. Si un transeúnte distraído pasa en ese momento, figúrate lo que le viene encima.
-Es verdad, estos días de viento, lo mejor es no salir de casa.
-Los golpes del albañil del cuarto me llegan nítidos. Ya molestan los ruidos tantos días.
-Haz lo que hicieron los vecinos de una iglesia, que se quejaron de las campanas al Ayuntamiento.
-Otro fue más expeditivo: las arrancó del campanario y se las llevó a su casa.
-Pues con el albañil del cuarto habrá que hacer otro tanto.
-Me contaron que una Secretaria usaba una máquina de escribir de aquellas que había hasta que aparecieron los ordenadores. Hacía mucho ruido con sus teclas. El Jefe, que trabajaba tabique por medio, escuchaba este ruido como garantía de que su Secretaria estaba trabajando. Hasta que un día descubrió que, astuta ella, había dejado un magnetófono que repetía el sonido exacto de la máquina mientras que ella leía tranquilamente una novela o se pintaba las uñas con los pies encima de la mesa.
Francisco Tomás Ortuño
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