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Un Niño Jesús de Belén.

15 febrero 2017

Sigo contando… : Un Niño Jesús de Belén

Mamá compone un Niño Jesús que le trajo el domingo un amigo de Gabriel. Iba en varios trozos: cabeza separada, dedos rotos, piernas cortadas… “Se cayó al suelo y se rompió”. Su madre lo quería mucho: desde niña lo tuvo en casa.
-¿Quién podría arreglarlo?, dijo alto. Y mi nieto que lo oyó, dijo: “¡Mi abuela Pascuala!”.
-¿Tú crees que tiene arreglo? -preguntó incrédulo.
-¡Mi abuela Pascuala! -repitió serio. Sabía Gabriel que en la casa lo que se rompía por caída o pelea entre hermanos -es mío, no es tuyo- lo solucionaba su abuela.
Y vinieron con los trozos del Niño tras el porrazo.
-Usted cree que puede tener arreglo este estropicio? Le di con el brazo y cayó al suelo –siguió justificándose. Mi madre lo quería mucho desde niña.
-Dejádmelo, luego lo veo -dijo mi señora. Gabriel se sonreía, conocía esas palabras de otras veces, y sabía que de peores ocasiones fue testigo.


Paso por el comedor, cerca de la Colección Austral, tan entrañable para mí; la miro como un saludo; me fijo en un ejemplar de Marañón: Amiel, nº 408. Lo saco de su sitio y sigo con él en mis manos.
Luego lo abro al azar por la página 22-23 y leo: “Pero he aquí que este hombre, que se llamaba Federico Amiel, había escrito desde su juventud, día por día, un Diario que alcanzaba al morir la suma de más de 16.000 páginas en las que no tuvo ocasión de anotar nada brillante ni extraordinario, sino los mismos sucesos menudos que llenan la vida de cualquiera de nosotros…”.
¿Cómo lo podría guardar de nuevo sin leerlo otra vez de principio a fin, del Prólogo al Epílogo. Te habré dicho que Marañón para mí fue siempre un gigante de las ciencias y las letras, y lo que haya escrito y dicho me interesa. Su libro Amiel ya lo he leído, pero releerlo será pasar con don Gregorio un rato de conversación callada, solemne y provechosa.
Pienso además que mi vida tiene puntos en común con la del profesor ginebrino, aunque naciera cien años antes que yo: su afición por contar cosas intrascendentes la tengo yo también; y como cuenta Marañón: “la preocupación del correr hacia la muerte fue una de sus tragedias”.
Hasta en lo que discrepamos parece que estamos de acuerdo: “La época del otoño, aniversario de su nacimiento, removía en él invariablemente los posos más tristes de su alma: “Pienso con terror en mi edad”.
Las personas que cumplen su aniversario en otoño sufren el sentimiento de envejecer de modo más agudo que los que nacieron en los meses vitales de primavera o verano”. Pues yo, querido Amiel, nací en verano y participo del mismo síndrome de miedo.

Francisco Tomás Ortuño

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