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La Residencia (Cuento).

11 febrero 2017
 
Sigo contando… : La Residencia  (Cuento)
 
Leonor y Senén se conocieron en una Residencia. En la Misa de todos los días, en la Capilla, donde quedaban solos con sus recuerdos de juventud, que parecen siempre más felices que los actuales.
Leonor tuvo su amor, su boda y hasta una hija. Ahora, que murieron aquel hombre y aquel fruto de sus entrañas, se encuentra sola y se acoge a los cuidados de unas Monjas que dirigen la Residencia de Ancianos.
Senén es soltero; también está solo. Murieron sus padres y los hermanos que tuvo, o se fueron a vivir lejos de la tierra que los vio nacer. Senén, que tuvo sus ilusiones de formar una familia, dejó pasar el tiempo y perdió su tren. Conoció a una mujer y cuando le iba a volcar sus sentimientos, la vio reír con otro hombre.
Más tarde salió algún tiempo con Narcisa, mujer casi vecina de siempre, delicada y trabajadora. La madre de Senén le habló muy bien de ella, y veía con buenos ojos que su hijo Senén saliera con Narcisa. Todo parecía que iba por el mejor camino, pero el Señor, que todo lo dispone, no lo quiso así. En pocos días se fue. Dijeron que de cáncer.
Y Senén ya no volvió a fijarse en más mujeres. Trabajador, callado, en unos años se vio solo y con edad para pensar en el descanso merecido de sus últimos años de vida. Le hablaron de la Residencia y un día fue a hablar con una Hermana. Le contó su vida, le preguntó si podía quedarse, que tenía algunos medios para pagar la estancia y hasta una casa y unos bancales para dejar después. El Señor seguro que sonreía arriba viendo la escena.
Senén fue acogido en la Residencia con otros ancianos y ancianas. Ellos aquí y ellas allí, eso sí, pero todos con sus historias a cuestas. Unas habitaciones blancas, limpias, acogedoras, individuales y un comedor común. Un patio enorme, florido y cuidado con una fuente en el centro, formaba parte de la casa.
Y la Capilla, adonde iban al levantarse a oír la Misa que oficiaba el reverendo don Julián. ¡Cómo conocía este sacerdote a sus ovejas! Les hablaba por sus nombres y hasta se permitía en la celebración litúrgica alguna broma intrascendente con ellos.
 
Continuará
 
Francisco Tomás Ortuño

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