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Librerías de viejo.

17 febrero 2017

Sigo contando… : Librerías de viejo  -por ayer-

Murcia, las once y media, en el rincón del piano que me deja la mujer que limpia: “Ya puede pasar aquí”.

Como otros años, por estas fechas dejaré días sin escribir en mi Diario. Y es que preparo libro nuevo y me absorben el seso su título, las fotos, el índice y demás añadidos que suelo poner. Luego del parto, se normaliza la situación y todo vuelve a lo suyo, si lo suyo es escribir sin saltar fechas.

Ayer fui a una “librería de viejo” que hay por la Plaza de la Cruz de la Catedral. Era pequeño el local, atestado de libros. Un Señor joven me atendió:
-Buenos días –saludé.
-¿Qué desea? –respondió, amable, el librero.
Le dije que tenía libros para vender y le llevaba unas muestras por si los compraba. Se quedó con ellos para examinarlos. Luego volveré a conocer el resultado.
Si pensaran los libros, llorarían de pena viendo el poco aprecio que les concedo –pensaba yo de vuelta. “No queremos irnos”, suplicarían. “Es que, donde estáis no os lee nadie”, les diría yo.

Sigo oyendo golpes de un albañil en el cuarto piso. Ni la obra del Escorial. Más cerca, oigo la tele, y no son los hermanos Torres con recetas de cocina. Es una tertulia de mujeres que hablan de las pensiones. Otro “gallinero”, como las demás tertulias, donde todas quieren llevar la voz.
Ahora dicen: “Una Señora a los sesenta y cuatro años ha tenido mellizos”. Bla, bla, bla. Y es que lo de nacer y casarse se ha desmadrado. Lo de casarse es una broma: juntos, de prueba… Y los hijos igual: probetas, de alquiler…
Ayer vi en la tele “El Lazarillo de Tormes”. ¿No eran personajes que tenemos hoy aquellos que vivieron entonces con el lazarillo?

Francisco Tomás Ortuño

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