18 febrero 2017
Sigo contando…: ¡Ay, las cabezas!
Pienso que de las enfermedades que padecemos, las más difíciles de atender proceden de la cabeza. Las más sutiles, las más escondidas. Si uno en accidente se rompe un hueso, se ve enseguida de dónde viene el mal; el traumatólogo lo tiene fácil: Rotura de peroné, de cúbito o de fémur. Si el paciente fuma mucho, tose y no respira bien, el médico lo ausculta y dice: Estos pulmones necesitan más oxígeno. Le manda no fumar y unas vacaciones al campo. Si no ve bien, el oftalmólogo le manda gafas graduadas. Si le duele la tripa, unos comprimidos y a correr. Si es una muela, la saca y en paz.
Pero, ah, si es la cabeza. Si un amigo deja de saludarte; si otro habla solo por la calle; si la mujer grita sin venir a cuento; si el hijo llora porque no quiere vivir; si la vecina afirma que estuvo en otro planeta montada en un ovni; si mengano asegura que es Dios… Los psiquiatras conocerán más casos de cabezas desvariadas por una falta, por una sobra o por un cruce de cables -creerse poco, valorarse mucho, miedos, olvidos, envidias…
Muchos enfermos mentales van por el mundo sin que nadie los atienda. ¿Quién no conoce a personas que hacen cosas raras, que sueltan improperios sin venir a cuento…? ¿Conoces las sesiones del Congreso de Diputados? Yo te lo advierto: cuando hables con alguien, desconfía; cuando alguien te aborde, desconfía; cuando tu marido se enfade, no tomes al pie de la letra sus palabras, no te ofendas con lo que diga.
Francisco Tomás Ortuño
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