Murcia, 21 febrero 2017
Sigo contando…
Buenos días, familia; buenos días, vecinos; buenos días, Sol. San Francisco de Asís seguiría hasta el infinito, pasando por la hormiga, por el almendro, por el tendero de la esquina, por los niños de Pakistán. Su saludo abarcaría a todo lo creado, como obra, al fin, de su Señor.
¡Qué bueno sería amanecer el mundo así, con espíritu franciscano: Siria, Rusia, América, España! ¡Qué bueno que todos amanecieran amándose! Buenos días, viento; buenos días, lluvia; buenos días, tú.
¿Qué nos hace ser de otro modo? ¿Cómo nos ciega el mal para no comprender una verdad tan simple? Años, milenios, decenas de milenios, y no es suficiente: seguimos donde mismo, con la venda puesta.
La felicidad se halla en el amor a los demás. El egoísmo es la raíz de los males que padecemos; el amor a nosotros mismos. Somos como niños que no han madurado, que no han pasado del yo al tú y al nosotros. Yo, yo, yo, y solo yo. Lo demás no me importa. Esa es la enfermedad del género humano.
San Francisco de Asís, ciudad italiana de Perugia, comprendió, allá por el siglo XIII, algo tan radical. “Amar” fue su lema y, con alegría en los ojos y fuego en el corazón, salió por el mundo a comunicar su evidente verdad: “Solo se es feliz amando”. Y amaba con locura.
Francisco Tomás Ortuño
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