13 febrero 2017
Sigo contando… Amores tardíos –Continuación-
Pronto Senén miró con buenos ojos a Leonor, que, en la Misa de todos los días, ocupaba siempre el primer banco. Con el rabillo del ojo, la miraba embobado moviendo los labios en oración constante. Y en ella creyó encontrar a la mujer que, fuera, había buscado tantos años. “¡Qué buena debe de ser!”, se decía. Y la miraba con arrobo pensando si aún sería tiempo de terminar una historia que nunca había concluido. La Misa se convirtió en el sueño y ¿por qué no decirlo? en la ilusión de Senén, que contaba las horas por seguir mirando a Leonor en la capilla.
Senén tenía un amigo entre los residentes que se distinguía de los demás. Los dos hablaban de sus cosas personales, tras haberse contado mil veces sus años de juventud. ¡Cómo se apreciaban! Guillermo, que así se llamaba su amigo, era más basto que él, más rudo. Su lenguaje era acerado, no permitía que le llevaran la contraria. Por eso quizás no tenía muchos amigos. Era casi esquivado. En cambio, Senén, tal vez por ser amable como era, el polo opuesto de Guillermo, se llevaba bien con él. No discutían. Lo que afirmaba Guillermo era aceptado por Senén como verdad incuestionable. Sería por eso que se entendían así.
Senén y Guillermo paseaban por el jardín en su tiempo libre, cuando, tras el desayuno, salían por la fuente y por caminos herbosos del huerto. Era la hora en que unas mujeres limpiaban las habitaciones. Hora que algunos dedicaban a leer, otros a pasear y los más a echar una partida de cartas o dominó. Mas con ser habitual el trato de los dos amigos, nunca Senén le confesó a Guillermo que miraba con ansiedad a Leonor, que… la quería, que esta mujer se había convertido en la ilusión de su vida. Era algo tan íntimo, como sagrado, que no quería profanar.
Pero un día, cuando menos se lo esperaba, en un encuentro fortuito, se dio de bruces, en un pasillo, con Leonor y con Guillermo, que reían cogidos de las manos como jóvenes colegiales. Apenas repararon en él. Senén, turbado, siguió su camino sin poder coordinar sus pensamientos. ¿Qué había visto? ¿Su amigo le traicionaba? ¿Leonor lo engañaba? Se fue a la Capilla y se clavó de hinojos delante del Sagrario. Unas lágrimas le cayeron por sus mejillas. Así pasó un tiempo que él no supo medir. ¿Media hora? ¿Una hora? Cuando quedó más tranquilo salió de nuevo y, como un autómata, siguió a su habitación, que encontró más solitaria que nunca.
El Señor, que todo lo gobierna, le había marcado otro camino para los años postreros de su vida. Senén no habló con Guillermo de este sentimiento roto, destrozado. Sereno, suplicó a Dios que le llevara a otro mundo donde no se sufriera.
Francisco Tomás Ortuño
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