18 mayo 2017 Jueves. San Venancio
-Veo, Julián, que los carteros siguen existiendo y entregando cartas como siempre hicieron.
-Pero menos que antes. El paso de un sistema a otro, por las nuevas tecnologías, no lleva el mismo ritmo en los servicios: unos se montan antes al tren de la modernidad y otros esperan a ver en qué queda. No sé si me explico. Mi padre hacía sumas largas “volando”. Cuando le dije que con una calculadora no tendría que sumar de cabeza, me contestó que así estaba más seguro. Era de los rezagados. Otros no usaban ya otro medio para hacer cuentas que las máquinas automáticas.
Hoy los carteros se resisten a abandonar su función de siempre, aunque el final será sin duda claudicar. Mi prima Emilia, monja en un Convento de Chile, sigue con las cartas a pesar de tardar ocho días en cruzar el charco. “Prima, dime la dirección electrónica y verás qué pronto las recibes; al mismo tiempo que yo escribo aquí, tú la estás leyendo”. Pero ella no quiere. Le pasa lo mismo que le pasaba a mi padre con las sumas cuando estaba en el Banco. Se quedan anclados y de ahí no quieren pasar.
La verdad es que asusta la vertiginosidad de los cambios. Hemos alcanzado tal velocidad en los mismos que preferimos esperar al siguiente. Lo de hoy se queda mañana viejo.
Los cambios que se producen nos desbordan en todos los terrenos. “Han sacado a la venta unos teléfonos que al mismo tiempo que hablas se ve con quien estás hablando”. “Esperaré a mañana que, seguro, saldrá otro que tendrá algo nuevo”.
Cuando por el Concilio Vaticano hubo cambios en algunas oraciones, mi amigo Pedro me dijo que no las iba a aprender. “¿Por qué?”, le pregunté. Y su respuesta era lógica: “Esperaré a la próxima reforma”.
Mis hijos son forofos de las nuevas tecnologías. Para ellos el pasado es historia que debemos enterrar. Lo nuevo es lo útil. “¿Para qué comprar libros si con el ordenador tienes el que quieras leer? “. “¿Para qué leer si vienen con voz incorporada?”.
Pero tendrías que llevar a donde fueras el ordenador en una maleta. Aquí me siento a descansar y aquí lo enciendo para leer la prensa. ¿No sería incómodo llevar encima el aparato si vas al parque a dar un paseo?
Es tal la confianza que tienen en los nuevos ingenios, que aseguran que serán tan pequeñas pronto como una lenteja con pantalla desplegable a convenir. “Un ordenador con pantalla para llevar en el bolsillo de la chaqueta”. Y lo mismo que hoy te vas al campo y llevas un libro, podrás ir con tu ordenador. Yo me lo creo.
Cuando escribí mi libro “Don Felipe de la Mancha”, allá por el año 95 del pasado siglo, pensé en un traductor simultáneo para hablar con extranjeros. ¿Quién me iba a decir que luego iba a existir dicho aparato? La ciencia ficción hecha realidad. Hoy en el Congreso traducen al español el catalán y viceversa conforme hablan los diputados.
Mi amigo Luis (¡hola, Luis!) me mandó por internet el último engendro que se habia inventado: el traductor simultáneo en la escritura: “Tú escribes en español y al lado te sale lo mismo en el idioma que hayas elegido”. No me lo creía, hasta que hice la prueba y me convencí. “Estoy en mi habitación…”. En francés: “Je suis dans ma chambre…”. En inglés: “I am in my room…”. Asombroso.
Pero pronto se quedó corto el invento. Otro lo suplantó. Era la voz la que decía lo que tú hablabas. Y en cualquier idioma, francés, inglés, chino, ruso o japonés.
A los carteros debían de hacerles monumentos en los pueblos como representantes de otro tiempo.
Como a tantas cosas que fueron sustituidas por otras nuevas. ¿Quién se acuerda de las plumas que usábamos nosotros en la escuela, de la tinta y los tinteros que llevaban los pupitres? “Ay, bolígrafo, la que has armado”, escribí yo un día. “¿Y las navajas de afeitar?”. Yo empecé con ellas cuando tuve que afeitarme, por los cincuenta del pasado siglo.
Francisco Tomás Ortuño
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