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De fuegos voraces.

18 mayo 2017 Viernes, San Venancio, 138 por 227

Seguiré contando : de fuegos voraces

-Murcia, las ocho, en mi escritorio. Entra mamá por la puerta.
-¿Por dónde si no, Evaristo?
-Tienes razón, Basilio, no va a entrar por la ventana; si fuera salir, se podría poner en duda, que hay quien se va por ahí desde quintos y sextos para acabar en la rue.
-¿A qué se deberán esos lanzamientos, Evaristo? ¿Tú crees que una persona en su sano juicio se tira por la ventana de un séptimo piso?
-No juzguemos, Basilio, que no sabemos los motivos. ¿Tú qué harías si ves que se propaga el fuego y no puedes salir por la puerta? Un suicidio puede tener muchas causas, terribles todas porque el que salta sabe que va a morir en el asfalto.
-Puede creer otra cosa, Evaristo, que la esperanza es lo último que se pierde. A uno que cayó al vacío le preguntaron en el camino: “¿Cómo te encuentras?”. Y contestó: “Por ahora bien”. ¿Qué pensaría el pobre que le aguardaba?
Y sé de otro que iba en un avión y se incendió el motor; buscó un paracaídas que llevaba para estas posibles emergencias, y estaba ardiendo. No tuvo más remedio que lanzarse al vacío con la ropa que llevaba puesta y sálvese quien pueda.
Dice la historia que despertó en la nieve de un ventisquero y que no se había roto brazos ni piernas, tibias ni metacarpos. Empezó a recordar y no se lo creía. “¿Qué milagro ha ocurrido para seguir vivo, si caí del avión a más de mil metros de altura?”.
Y es que cuando Dios quiere con todos los aires llueve, que en nuestro caso sería que si era de vivir el piloto, ni el fuego ni la altura podían con él.
-Pienso en los incendios de bosques, tan frecuentes en verano; cuántos animales mueren abrasados como Santa Juana de Arco. Los pirómanos podían pensar en los insectos que viven allí y no pueden escapar al fuego.
-Rebobina, Evaristo: te quedaste por que tu mujer entró por la puerta.
-Sí, venía de la Arrixaca. Mi hijo sigue allí con una tos que no le deja hablar y menos explicar a sus alumnos. Le harán pruebas para ver de curarlo y aquí paz y después gloria. La vida es una carrera de obstáculos, ya te lo dije: cuando se salva uno no queda sino esperar al siguiente. Por desgracia, en uno de ellos se enreda y ya no puede continuar. Y nadie los supera indefinidamente. Siempre hay uno, antes o después, en el que tropiezas para no seguir.

Francisco Tomás Ortuño

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