1 mayo 2017 Lunes, San José Obrero -de ayer-
Seguiré contando : De tallas
Murcia, domingo, las siete y cuarto, en mi escritorio. Doblamos otra esquina, Filigonio. Hoy no hemos comido con Isabel, pero sí con Francis, Lena, Sofía y Fran. O ellos con nosotros, que tanto monta. Es una fiesta recibir de vez en cuando a los hijos y nietos que viven fuera de la ciudad. En estos saltos temporales se ve cómo crecen los nietos.
-¿Por qué ahora crecen más que antes, Demetrio? Pocos nietos ya no sobrepasan nuestra talla. ¿Será por la alimentación?
-Yo recuerdo, Filigonio, haber comido bien en cantidad y calidad.
-¿Sería por la leche?
-Como fui el último de cinco hermanos, mamaba jugando partidos de pelota en la calle. Me acuerdo, te lo dije, cuando mi madre me daba de mamar y dónde lo hacía: “¡Déjame ya, madre, que va a empezar el partido”, le suplicaba. O sea que la leche no creo que influyera mucho en mi desarrollo. Y no pasé de uno con sesenta centímetros. Mis hijos hoy no tienen la talla del Rey ni de Pablo Gasol, pero pasan del metro setenta. Y mis nietos ninguno se queda en menos.
No es la talla una cuestión baladí: Si Felipe VI midiera un metro cincuenta centímetros de estatura no sería tan bien recibido a donde va. Somos así: Solo unos centímetros y ya somos otro. El tamaño importa, vaya si importa, Filigonio.
-¿Será que la especie va creciendo con los años en altura independientemente de lo que coma? Hay pueblos africanos que miden más de dos metros con hambruna para repartir, y en Asia los hay que no llegan a uno sesenta aunque coman por los codos.
-El Rey de España va a Japón y lo admiran tanto porque allí es otro Gulliver entre liliputienses.
-¿Te refieres a la novela de Swift, del siglo XVIII? Ese Gulliver no existió, que fue un invento, como antes don Quijote de la Mancha.
-Lo sé Filigonio, pero pudo haber existido. Quiero decir que los que son altos ya nacieron con diferencia a su favor sobre los bajos. Yo tuve un amigo que era alto, más alto de lo normal cuando contaba diez años, y me decía: “A mí me piden más en los exámenes por mi estatura”. Se daba cuenta de la sinrazón y era cierto.
Francisco Tomás Ortuño
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