4 mayo 2017, San Hilario
Seguiré contando : de la limpieza
Murcia, las doce y diez en el reloj que tengo enfrente. A mi izquierda la ventana que da a la calle salón. En la casa zafarrancho. Vengo del baño y he visto que por esta zona de la casa han pasado ya limpiando las limpiadoras; o sea, cambiando de sitio los enseres, pasando el trapo después y volviendo a poner en su sitio lo que antes cambiaron.
Porque eso hacen las que limpian: mover, limpiar y poner de nuevo. -“¿Qué vamos a hacer?”, dirían ellas si me leyeran el pensamiento-. En el primer paso de la operación, todo cambia de lugar: mesas, sillas, libros, cuadros… Todo. Aunque sea medio metro, aunque sea diez centímetros. Fase que se parece a una salida de coches en vísperas de un puente. Su fin es tirar al suelo el polvo acumulado desde la anterior trifulca. Un pequeño movimiento sísmico para soltar la suciedad adquirida como bichos enganchados a la piel de un paquidermo.
El segundo paso es barrer lo que ha caído, fregar el suelo para limpiar más y mejor y pasar un trapo por todos y cada uno de los objetos. Si te fijas, viene a ser una batalla de limpiadora con el polvo. Como este se compone de legión de elementos diminutos, microscópicos, muchos se quedan donde estaban, bien agarraditos, hasta que vuelve la calma.
-Hola, vecino, nos hemos librado de la contienda.
-Tengo una cueva donde me escondo; como yo muchos más. La mujer cree que ha limpiado pero nos ha dejado donde estábamos. Como somos tan pequeños y no nos ve.
Y en el tercer paso, la limpiadora vuelve a poner en su sitio lo que antes movió: mesas, sillas, carpetas, papeles, ordenador…
Dura batalla la de la limpiadora con la suciedad que se acumula en las casas.
-Deja a la limpiadora que siga con su trabajo y empieza tú el tuyo, que veo que te quieres escaquear con el polvo de los muebles.
Francisco Tomás Ortuño
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